9 de agosto de 2006
Viaje a Santander
Ayer hice un viaje relámpago a Santander. Fui y volví en el mismo día desde Pedreguer. Yo creo que serán unos 1.700 km. Este tipo de viajes ya los había hecho otras veces y me dejan una buena sensación. Al principio no me quedaba a dormir porque no tenía ni tiempo ni dinero. Ahora que tengo las dos cosas, creo que me da vergüenza irme a un hotel yo solo. Ya sé que vais a decir que soy demasiado tímido, pero soy así y no creo que vaya a cambiar ya. En cinco días cumpliré los 30 años y creo que mis virtudes y mis defectos ya están definidos.

Este viaje no lo planeé apenas. Me llevé algo de comida, una botella de agua, la tarjeta de crédito y mi ordenador portátil. Me levanté por la mañana, era aún temprano, no sabía muy bien qué hacer y decidí pasar el día conduciendo. Antes de contar las peripecias, tengo que decir que no os recomiendo hacer este tipo de cosas. El peligro de accidente es grande, sobre todo al regreso. Yo lo hago porque tengo dos características: una gran resistencia al cansancio mental y la capacidad de no quedarme nunca dormido sin desearlo.

La ruta que seguí fue de Pedreguer a Valencia por la AP-7, de ahí por la circunvalación hasta la entrada hacia Teruel. Luego, pasado ya Teruel, a la altura de Daroca, me desvié hacia Calatayud, Soria, Burgos y finalmente Santander por Aguilar de Campoo. Lo de ir por el puerto del Escudo lo he hecho otras veces, pero no compensa. A la vuelta, a partir de Burgos tomé la Nacional I hasta Madrid y luego por la A-3 hasta Valencia. Esta segunda ruta es más larga pero más rápida de noche. De día se puede coger tráfico.

Desde el principio tuve un viaje pesado, lleno de pequeños contratiempos. Pasando Viver de las Aguas, antes de las Cuestas del Ragudo en dirección a Teruel, se formó una larguísima cola. Estuvimos unas dos horas con tráfico muy lento y paradas. Llegué a pensar en dar media vuelta, porque sabía que se me haría al final muy tarde. Después de bastantes kilómetros en procesión vi cuál era el motivo: un tío con un camión de esos que lleva una viga gigante. De hecho, la misma viga hace de chasis, detrás lo que lleva es una especie de carrito con seis ruedas allí atado.

Cuando por fin me metí en la "Autovía Mudéjar", la cosa se tranquilizó. Teruel sigue tan despoblado como siempre. No hay atisbo de nuevas urbanizaciones. En un poblachón llamado Calamocha, que tiene muchas tiendas de jamones, vi algo de actividad constructiva. La agricultura parece que va tirando con subvenciones, los jamones dejarán también algún beneficio. Pero sin turismo ni burbuja inmobiliaria, esto es España, alegría social pero tristeza económica.

Después de Calamocha, tras un tramo de curvas, llega Daroca. Este pueblo tiene una topología curiosa: en el valle, por debajo de la carretera, está el casco antiguo, con cientos de casas en total abandono. Los tejados se han caído, las piedras de las paredes están al aire, las calles se ven con agujeros. Pero justo al lado, en la falda de la montaña, hay como un pueblo nuevo, incluso con algún bloque en construcción. Yo supongo que habrá habido despoblación, como en todo Aragón. Unos se habrán dejado caer hasta Valencia, los otros se habrán refugiado en Zaragoza. Con todo, aún queda gente, hay algunas fábricas, granjas, gasolineras y restaurantes para los muchos camiones que pasan. Quería echar alguna foto, pero no encontré lugar para parar el coche.

Al salir de ese pueblo, me desvié a la izquierda hacia Calatayud. Esa carretera ya está muy poco transitada. El móvil ni tenía cobertura. Por ahí hay kilómetros y kilómetros de tierra yerma, que sería apta para el cultivo. Esto es ya la meseta norte, la altitud no baja de 800 metros. Hace fresco incluso un mediodía de agosto. A lo lejos se ven montañas bajas, más cerca simples lomas de tierra. Ahí podrían ponerse infinidad de pueblos nuevos, con el suelo a valor casi nulo, si se solucionara el abastecimiento de agua. No quiero entrar ahora en detalles, pero lo cierto es que, entre burbuja y burbuja, España está prácticamente vacía.

Allí, en mitad del páramo, me comí uno de los bocadillos que llevaba. El aire estaba seco y podía verse a gran distancia. La carretera era como una pequeña cinta negra en medio de un mar verde y amarillo. En aquel silencio, todas las hipotecas, mileurismos y especulaciones parecían insignificantes.

Me volví a subir al coche y conduje muy relajado. Iba entre 120 y 130. Cuando encontraba algún camión, lo adelantaba fácilmente. Cuando pasé Calatayud, enfilé hacia Soria y el tráfico aumentó un poco. Comenzaron a aparecer bosques de pinos y grandes sembrados. Por ahí parece que llueve más. Creo que plantan cereal, patatas y girasoles. El cereal lo habían recogido ya y habían dejado unos grandes rollos de paja.

En Soria no me quise detener, porque iba con cierto retraso, pero es una ciudad que me gusta. Tiene ese aire severo, de Castilla la Vieja, con un urbanismo que parece haber congelado el tiempo. Pero yo seguí por los pueblecitos semiabandonados. En uno de ellos me encontré con una plaza que me transportó de repente a los años 50. Había una vieja vestida de negro, con pañuelo en la cabeza, en un balcón hablando con un hombre vestido casi con harapos. No sé si era agricultor o albañil. Cuando me vieron aparcar se me quedaron mirando. Cuando saqué la camarita de fotos la anciana cerró el balcón y el hombre desapareció.

En esa plaza, a un lado estaba la antigua carnicería:



La anciana vivía en el balcón de la izquierda. Me imagino que en aquellos duros inviernos de la posguerra tendrían que apartar la nieve con una pala para poder salir a trabajar. Aquí, tal vez, en los días buenos de verano se organizaba algún baile, con los hombres cejijuntos invitando a bailar a las mozas, metiendo mano disimuladamente y yéndose a casa con los calzoncillos manchados. Aquellas vidas cerradas, de rígidos engranajes, se me antojan infelices. Todo allí me recordaba, un poco, al Pascual Duarte de Cela.



El nombre de la plaza tal vez quisiera recordar tiempos mejores:



Y de repente apareció otra vez el hombre aquel. Era pequeño y tenía las manos como el cuero curtido. Venía diciéndome en broma que le echara una foto y se la eché. Creo que tenía curiosidad por saber quién era yo y qué buscaba por allí. Me dijo: "¡un turista en Soria!". Le dije: "está todo como antes, ¿no?", pero él no pareció entender. Tal vez ignora que España ha cambiado de 1950 a esta parte. Me preguntó si era de Soria y le dije que era de Alicante. Entonces, me recomendó que me dejara caer por una de las callejuelas para ver el castillo del pueblo.



Esparaba un castillito como este que hay aquí en Pedreguer, de dos habitaciones y un salón/comedor, pero me encontré esta fortificación impresionante:



Se me ha olvidado decir que el pueblo se llama Almenar. Y parece que en Almenar lo hacen todo a lo grande. Esta era la iglesia. Detrás había un pequeño cementerio, con las cruces torcidas:



De Soria a Burgos circulé bastante rápido. Los bosques de pinos son allí muy espesos y hay varias fábricas madereras. Los pueblos ya no parecen abandonados. Las casas recuerdan ya al norte, con tejados de pizarra y puertas muy pequeñas. Allí el clima es centroeuropeo. Nada que ver con la Costa Blanca. Llueve, nieva, hace mucho frío. Este hombre de aquí, al que Machado tanto despreciaba, es afable y trabajador. Tiene un sentido de la organización urbanística claramente europeo, se ven las calles rectas y anchas, las casas separadas, con su jardincito. La despoblación ya no es tan acusada, hay algunas fábricas que siguen produciendo. Este hombre del norte de Castilla es el que intentó a principios del XVII un protocapitalismo fabril, pero el dinero se nos fue en guerras de religión y en corrupciones. La crisis se echó encima y estas tierras prósperas y densamente pobladas, que eran el orgullo de España, fueron machacadas por la crisis y no se volvieron a recuperar. Nuestro imperio se descompuso poco a poco y los ingleses recogieron la idea y lanzaron su revolución industrial.

En Burgos había obras y me hicieron dar vueltas para salir en dirección norte. Como ya he dicho antes, evité el puerto del Escudo y seguí en dirección a Palencia por una carretera muy recta. Luego hay unas cuantas rotondas y se entra en una autovía nueva, que cruza la cordillera cantábrica por viaductos y túneles. Es una obra preciosa, y poco a poco van apareciendo los prados y con ellos las vacas. Los pueblecitos se apiñan en las laderas empinadas y las nubes van tapando el sol. Hay más humedad y se nota el frescor. Ya la sensación es otra, el océano está cerca, la economía es diferente, el dinero del turismo se nota nada más entrar en Cantabria. Luego se acaba la autovía y hay que bajar por una carretera muy retorcida, entre pueblecitos de casas blancas con vigas de madera. Aquí no hace ya tanto frío, los prados, los bosques y las lluvias frecuentes convierten la zona en un pequeño paraíso. Aquel gesto duro de la cara castellana se torna una expresión más bondadosa, de franca inocencia. Durante siglos ahí se ha vivido aislado, ordeñando las vacas, segando la hierba, preparando las cuajadas y los sobaos. Ahora mismo, por la cantidad de restaurantes y hostales que vi, se ve que reciben buen turismo de fin de semana y de verano. No hay despoblación, se veía todo animado y alegre.

Tras la bajada con curvas vuelve la autovía. Crucé varios túneles, y al final de uno muy largo me decidí a parar en uno de los pueblos. No recuerdo el nombre, está a unos 30 kilómetros de Santander y se ve que tiene turismo nacional. Primero paré en la gasolinera, pero luego entré en el pueblo y aparqué frente a un supermercado DIA. Saqué mi segundo bocadillo y me lo estuve comiendo. Me sentía casi en el extranjero, en un ambiente completamente distinto al mío. Pero de repente escuché detrás de mí: "Estàs bé?". Me giré y vi a una mujer hablando por el móvil. Se subía a un coche con matrícula de Barcelona. Está claro que muchos españoles huyen ya del mediterráneo. Es demasiado el calor y demasiada la saturación. La ciudad de Santander tal vez sea demasiado cara para la clase media, pero esos pueblecitos de segunda o tercera línea de playa son muy atractivos, el clima en verano es perfecto y en un rato se está en la playa.

Parece, de hecho, que hay una buena demanda de segunda residencia. No es que esté la cosa saturada aún, pero fijaros en el cartelito doblado de la ventana de esta casa. Dice que se vende pero no dice el precio:



Otras casas de por allí son modestas, en el estilo tradicional. Hay también algún caserón nuevo, más grande y confortable, también en ese estilo. Creo que esa zona tiene un futuro muy bueno y, si pudiese, compraría algo por allí.



Luego, ya cayendo la tarde, llegué por fin a Santander, a las playas de El Sardinero. El aspecto no me impresionó nada, con esas rocas en la orilla que afean el paisaje. No había nadie bañándose, a pesar de que las calles estaban repletas de transeúntes. Ahí está el punto flaco de Cantabria, el agua fría del Atlántico. Por eso no creo que puedan atraer nunca al turismo europeo. Agua fría ellos ya tienen.



El turista prototipo parecía español (vasco, leonés, navarro, burgalés, algo de eso) y ya entrado en años. Había muchos grupitos de abueletes por allí paseando. La gente en general era muy educada, ninguna mirada agresiva, ningún pitido en el coche, ninguna mala maniobra. Hubo incluso unas viejecitas que se pararon en el paso de cebra para que yo pasara con el coche porque llevaba ya un rato esperando. La verdad es que el ambiente me gustó, es más relajado que en Valencia y tiene algo más de clase. Yo no soy partidario de elitismos, pero en la Costa Blanca, junto con la saturación y el hacinamiento, ha llegado también la chusma maleducada.



Lo que sí que me impresionó fueron los edificios. Esto no son chaletitos ni apartamentos primera línea. Aquí hay joyas arquitectónicas. Parece ser que todo empezó a finales del XIX, cuando se acostumbró a veranear allí Isabel II. Antes, el Sardinero era una de tantas playas deshabitadas. Primero se construyó el Casino, de ahí se hicieron algunos hoteles, luego el Palacio de la Magdalena. Todo siempre con el máximo lujo y para una élite. Parece que también fueron por allí Alfonso XII y Alfonso XIII. Así, la alta burguesía española ha querido tener allí su chalet. Allí lo tiene Emilio Botín y supongo que muchos más.



Este parece un hotel algo más reciente. Visto así, me parecería que es de una estación de esquí, pero está a veinte metros de la playa.



Aquí algunas vistas más. Sorprende que la playa se queda vacía. No hay apenas masificación en ninguna parte, hasta pude encontrar algún aparcamiento.





Detrás de los hoteles de primera línea hay un par de barrios con residencias de lujo. Había una que parecía un antiguo castillo de piedra, otras eran de diseño moderno. Lo normal eran caserones de tres pisos de estilo tradicional, siempre con parcelita para jardín y aparcamiento subterráneo. Hice algunas fotos, pero me salieron movidas. La verdad es que me daba vergüenza ir fotografiando las casas de la gente, sobre todo porque los dueños estaban muchas veces asomados a las terrazas. La verdad es que es un enclave privilegiado, dentro de una ciudad, con la tranquilidad de un pueblo y a pocos metros de una playa turística. Todo parece bonito, pero tiene el defecto de siempre: ahí no vive cualquiera. Esto es para una élite y en los coches aparcados se nota.

La única foto que me salió bien es de una especie de bar restaurante muy pijo. Parece una antigua residencia burguesa, de principios del XX. Hay varias así, bien restauradas. Vi también un par de parcelas en construcción, pero en general está todo muy asentado, con los árboles ya bien crecidos.



Y este es el casino del que hablaba, el mejor edificio de la zona. Tuve muchos problemas para parar el coche y al final lo hice sobre un paso de cebra y tuve que tirar la foto muy rápido.



Luego emprendí la vuelta ya de noche. Estuve muchas horas en la carretera como hipnotizado, haciendo kilómetros y kilómetros de autovía. A partir de Madrid el aburrimiento era ya insoportable. Tuve también un montón de problemas. En la zona de Palencia se me cruzó un ciervo y casi le pego. A la salida de Burgos se me cayó el DNI debajo de un asiento, me entró la manía y me salí de la autovía para buscarlo, estaba arrodillado en el suelo, con todas las puertas abiertas hasta que oí una voz detrás de mí. Era la Guardia Civil. Puse voz de mucha tranquilidad y se largaron. Al final apareció el DNI, pero antes de Madrid me paré a comprar dos sandwich y mientras me los comía en el coche quise buscar un sitio para mear sin volver a entrar en la gasolinera, tanto husmeé que también apareció la Guardia Civil (allí se ve que lo tienen todo controlado, o eso creen ellos). Me subí rápido al coche y no me siguieron.

En Madrid encontré más problemas. Los bucles son siempre liosos, pero ahora están en obras y te desvían por aquí y por allá para llevarte a la R-3, que es la de peaje. Eran las tres de la mañana de un martes, no había ni un alma. Tuve que pagar peaje por unos cuantos kilómetros, antes de enlazar con la A-3. El cansancio me iba afectando, así que comencé a parar en unos sitios y otros. Había decenas de camiones aparcados en las gasolineras, con lo camioneros durmiendo dentro. Una de las veces me equivoqué de salida y acabé en sentido contrario. Tuve que deshacer varios kilómetros antes de dar la vuelta. Después me encontré a otro de esos de "saco pecho y le meto". En concreto, me embistió mientras intentaba adelantarlo. A partir de Cuenca ya la cosa mejoró, la carretera es plana y recta y los kilómetros fueron pasando. Llegué aquí a las 7 de la mañana. Yo creo que ha valido la pena. A ver si convenzo a mis amigos para que se unan a otra excursión de estas y ya hacemos noche por ahí. Esto ya lo contaré en otro artículo.

14:51:00 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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