28 de febrero de 2006
La tienda de muñecas [cuento]
Hacía tiempo que no venía a Valencia. Estoy en Actor Llorens, un oscuro callejón que da a la Avenida del Puerto por el norte, muy cerca de Cardenal Benlloch. Un ex compañero del periódico me ha dicho que aquí venden muñecas que parecen casi humanas y que sería un buen reportaje para venderlo en Madrid.
Llevo mi camarita digital y una grabadora, pero antes de eso, siguiendo las reglas del periodismo de investigación, quiero hacerme pasar por cliente para ver si este tío esconde algo a los medios.
En un minuto caminando por la acera desgastada encuentro el cartel de "Muñecas Paradise". El establecimiento está en una oscura planta baja con los escaparates tapados con paneles de madera. La puerta es de acero pintado de rojo oscuro y hay un viejo timbre a la derecha. Mientras llamo me pregunto si se habrán marchado ya de vacaciones.
En pocos segundos abre un rechoncho señor de mediana edad, con aspecto de llegar de cultivar los bancales de la Albufera, pero con un impecable traje negro y corbata azul. Es más bien bajo y tiene una reluciente y bronceada calva. Me extiende su mano regordeta y me hace pasar dentro.
-¿Qué desea? -me pregunta. Me trata con mucho respeto, como si fuese el cliente tipo.
-Me han dicho que usted vende unas muñecas de tamaño real que parecen reales -le digo.
-Más bien yo diría que no son exactamente irreales -responde con una sonrisa de satisfacción. Tiene los dientes blanqueados con láser.
Me quedo pensando en esta última frase sin entenderla muy bien cuando me hace pasar por otra puerta. Todo aquí dentro parece muy caro y bien arreglado. Caminamos unos cuantos metros y me encuentro con algunas muñecas. Las tiene sentadas en sillones con posturas relajadas. Su mirada perdida las hace parecer cadáveres, ese es el principal defecto que les encuentro. Me pregunto si los verdaderos clientes serán necrófilos.
-Aquí tengo algunas de las más vendidas. Nuestra gama es muy amplia, en todo caso. ¿Qué es lo que usted busca exactamente?
-Bueno... -dudo un momento- Lo más parecido posible a la realidad, el dinero no es problema -le digo. No voy a comprar ninguna, de modo que mi afirmación es cierta.
-¡Excelente! Puedo enseñarle nuestra gama más alta -dice muy animado. Se ha cogido la solapa de la chaqueta con el pulgar hacia arriba como un usurero decimonónico-. Pase por aquí, por favor.
Me hace bajar por unas estrechas escaleras hacia el sótano. Aquí la temperatura es algo más alta, los sillones en los que están las muñecas son de diseño, hay una tumbada en un sofá. Las paredes tienen cuadros abstractos y las luces indirectas dan un ambiente cálido. Me fijo de cerca en la cara de una: ya no parece un cadáver, parpadea de vez en cuando, los ojos se mueven como observando la estancia, y la piel parece real a primera vista. Lo más curioso es que no es extremadamente bella, representa a una mujer de mediana edad algo pasada de peso, muy rubia y con una bonita cara redonda. Lleva unas gafitas negras de pasta que la hacen parecer una profesora de instituto.
-¿Qué precio tiene esta? -le pregunto. Busco alguna etiqueta colgada.
-Bueno, eso depende de las opciones. Aquí tengo la carta.
Abre un cajón de una de las estanterías y me entrega un tríptico de cartón con algunas fotografías. En la última página hay una lista de opciones: "pelo natural con crecimiento: 2.500 €"; "pezones erectables: 800 €"; "flujo personalizado: 900 €"; "esfínter criogenizado: 1.200 €".
-Oiga, ¿qué es "flujo personalizado"? -pregunto. Esta tienda es más interesante de lo que esperaba.
-Bueno, vamos a ver. Nuestros clientes no compran una simple muñeca. Lo que usted tiene delante no son representaciones, sino mujeres no totalmente irreales, como le advertí antes. Estas mujeres son ciborgs. Hay una parte criogenizada y una parte robotizada, con un ordenador central que gestiona las funciones biológicas. ¿Me sigue?
-Sí, le sigo -respondo. Menudo reportaje que voy a hacer.
-Por supuesto, estas mujeres no requieren una nutrición tradicional, se les inyecta plasma. No hay tampoco defecaciones molestas, eso por supuesto está suprimido. Pero sí hay otras funciones. Nuestros clientes suelen practicar el sexo con ellas -dice tirándose con un dedo de la corbata y tragando saliva. Parece un padre explicando a su hijo de dónde vienen los niños. Supongo que todos los clientes entran aquí pidiendo "una muñeca para follar" y yo le he parecido un escrupuloso. Pero reacciono con rapidez.
-¡Por supuesto! No voy a comprarme una mujer sólo para mirarla. Para eso ya están las de la calle.
-Efectivamente -responde complacido. Vuelve a su sonrisa comercial-. Entonces, referente al tema del "flujo personalizado", muchos clientes optan por una composición química del flujo vaginal que esté adaptada a sus gustos. Sintetizamos todos los fluídos.
-¿Pero estas muñecas sueltan flujo?
-Sí, por supuesto, exactamente igual que una mujer. Pero olvídese de cocobacilos, PHs altos, lactobacilos, colores amarillentos, olores a pescado... Y por supuesto sequedad vaginal o menstruación.
-Ya veo.
-El problema es que entre el blanco y el negro hay toda una gama de grises. A algunos clientes les gusta el flujo más dulce y otros prefieren el ácido. Entonces, hay posibilidad de personalizar.
Camina hacia la estantería y abre uno de los compartimentos más grandes. Hay varios botes de cristal con un líquido transparente dentro. Me temo que es el flujo de las muñecas. Ahora me está dando un poco de asco este tío. Me acerco y veo que los botes tienen etiquetas que indican: "PH 0"; "PH 1"; "PH 2" y así hasta 14.
-Pueden probarse con una cucharita -dice sacando un paquete de cucharas de plástico del cajón.
-No es necesario. Elegiré la opción por defecto -le digo asqueado.
-De acuerdo, PH neutro. Esto en realidad no es muy importante, voy a serle franco -vuelve caminando hacia las muñecas.
-Los pezones erectables sí que me los quedaré -le digo.
-¡Perfecto! Es una de las opciones más demandadas.
Se me queda mirando pensativo.
-¿Usted utiliza ordenador personal? -me pregunta.
-Por supuesto.
-Hay una opción que nos acaba de llegar del laboratorio central en Alemania y que le puede interesar.
-Dígame -respondo intrigado. No entiendo cómo pueden relacionarse estas muñecas con los ordenadores.
-Bueno, ellas tienen un ordenador central y algunas tienen un sintetizador de voz. Mire -camina hacia otra muñeca mucho más joven, con una larga melena morena y rasgos afilados. Se parece a una compañera de colegio que tuve.
Le levanta el jersey de lana y toca algunos botones.
-¿Qué tal el trabajo, cariño? -pregunta la muñeca con una preciosa voz casi real. Velariza un poco las erres (tal vez porque en el laboratorio alemán no conocen bien las vibrantes múltiples españolas). La entonación, que es el principal defecto de los sintetizadores de voz, está muy lograda.
-Muy bien -respondo. El hombre ríe con gran alegría.
-¡Exacto! Ese es el tema. Hay que responderles y en muy poco tiempo estará enamorado de ellas. Estas sí que no le van a dejar.
Lo de "sí que no" me ofende un poco. ¿Qué sabe este tío de las que me han dejado a mí? ¿Será que todos los clientes son verdaderos inadaptados?
-Claro, aquí la fidelización es más fácil. ¿Qué precio tiene esta?
-Bueno -camina otra vez hacia la estantería y saca una calculadora-. 12.760 € por el modelo base, con pezones erectables (800 €) y pelo natural (2.500 €), porque esta es un crimen comprarla sin pelo natural. Estamos hablando ya de la gama más alta. Serían 16.050 €. Le puedo enseñar las financiaciones a un interés realmente interesante.
-No tengo pensamiento de financiar. He recibido algunos ingresos extraordinarios.
-¡Excelente! Pero déjeme que le enseñe esta innovación cibernética, seguro que le va a encantar -dice.
Mientras él rebusca en la espalda de la muñeca, le miro a los ojos y parece que me sostiene la mirada.
-Oiga, parece que me mira de verdad -le digo extrañado.
-Por supuesto. Tiene unas pequeñas cédulas fotoeléctricas que reconocen formas humanas y apuntan a los ojos. Eso es también reprogramable. Si se decide por esta le dejaré el libro de instrucciones. Vale la pena estudiarlo porque se le puede sacar mucho partido -dice desde detrás de la muñeca, parece que no consigue sacar algo- ¡Ya lo tengo! -me enseña un DVD óptico del tamaño de un disquet.
-¿Eso qué es?
-Esto es el software que lleva incorporado. Con esto, usted podrá descargar las actualizaciones de comportamiento desde la página web de nuestro laboratorio proveedor. Además, incorpora un programa muy interesante que le quiero enseñar.
Vuelve a la estantería y saca un ordenador portátil de un cajón. Se acerca otra vez y lo pone en marcha. Guardo silencio porque no puedo más con la intriga. Este tío realmente puede forrarse en pocos meses si lo saco en un periódico. Podría llevarme la muñeca gratis a cambio de lanzarlo a la fama.
Cuando el ordenador está listo se pone a teclear frenéticamente.
-Estimado cliente, si me lleva usted a casa prometo mirarle siempre a los ojos y serle fiel. Me gustan mucho sus manos morenas -dice la muñeca.
-¿Qué dice? -pregunto.
-Le habla a usted -dice él sonriendo.
-¿Ha dicho lo que usted ha escrito en el ordenador?
-¡Exacto! ¿Cómo se llama usted?
-Alberto.
-Hola, Alberto, ¿qué tal el trabajo? -pregunta la muñeca. Es acojonante.
-Oiga, es genial. Puedo hacerla leer cualquier cosa que yo escriba -pienso en informaciones de PeriodistaDigital para no tener que machacarme los ojos.
-Claro, pero no ha visto lo mejor -dice complacido. Inicia un nuevo programa y hace doble clic en algunas opciones-. La muñeca incorpora un software en un CD fácilmente instalable en cualquier ordenador (si hace su compra ahora le regalo este portátil) en el que se incluye un cliente IRC. Usted puede entablar conversaciones con mujeres en el chat y la muñeca las verbalizará. ¿Conoce el cibersexo?
Me quedo con los ojos como platos. Lo que está diciendo el tío es que la muñeca dirá con su voz lo que escriban las guarras del chat.
-Ya sé por dónde va -digo sonriendo. Ahora me da pena no poder comprármela.
-Ya le dije que le gustaría -dice moviendo el dedo en alto-. Todo se basa en un pequeño nodo WiFi colocado justo en la base del cráneo. Una menudencia tecnológica.
Le toco la cara a la muñeca y noto que está caliente. Además, se ruboriza.
-Le da vergüenza que la toquen los desconocidos, ¿sabe? Podemos programarla para que pierda la timidez, eso está bajo su criterio.
Miro a mi alrededor para ver otras muñecas. La verdad es que esta morena me gusta tecnológicamente pero su físico no es lo que a mí me interesa. Me fijo en la que está tumbada en el sofá. Representa unos 20 años, tiene una melena rubia anudada en una coleta. Le han cerrado los ojos y respira acompasadamente, como si estuviese durmiendo la siesta. Estoy a punto de preguntarle cuánto vale la opción de respiración realista, pero en lugar de eso me acerco para ver si han adaptado el tacto de la piel a su joven edad.
Paso la mano suavemente por su cara y no aparece ningún rubor. Me pregunto si en estado de sueño las muñecas desconectan también su percepción. Tiene la cabeza apoyada en el brazo del sofá, un poco más abajo de mi pene, que comienza a erectarse. Tiene unos labios rojos no demasiado carnosos que transmiten mucha suavidad. Podría preguntar si puedo llevármela por un periodo de prueba y luego devolverla (me temo que no).
Tiro un poco de los cabellos rubios para ver si son implantes plásticos o es cabello natural. De repente la muñeca despierta y me mira con unos agresivos ojos marrones antes de darme un fuerte codazo en los testículos.
Miro encorvado al comercial con aire de sorpresa.
-Esa es mi hija. Le gusta venir aquí a dormir porque hay mucho silencio -la chica me mira con la boca abierta a punto de empezar a reírse.

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© A. Noguera

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