22 de agosto de 2006
Günter Grass en las Waffen SS
Ha escrito Marta Salazar una columna que me ha dejado estupefacto: "Günter Grass en las SS".

Resulta que este incorruptible señor, este intelectual de izquierdas, este faro de la virtud humana se apuntó voluntariamente al cuerpo de élite que estaba bajo el mando directo de Hitler. Para entendernos, las Waffen SS eran el mismo cogollo del nazismo. Para entrar ahí había que demostrar un absoluto fanatismo por el Führer y asumir con todas las consecuencias los presupuestos del nazismo. Allí estuvo Grass hasta perder la guerra.

Después de la guerra, parece que hubo un cierto viraje en su ideología. Rápidamente guardó los galones nazis y se apuntó al socialismo marxista, que era algo que iba a darle sus réditos literarios.

Yo de Grass recuerdo varias cosas. La primera cosa que recuerdo es el aprecio que por él sentía Max Aub. En los meses que pasé ejerciendo esa variedad de los trabajos forzados que se llama investigación universitaria, estuve leyendo miles de artículos de Max Aub. Entre esos artículos había una reseña sobre un joven Günter Grass, que quería abrirse camino en la literatura. Tal vez sea la primera reseña sobre él en España. Ahora me gustaría que el viejo Aub pudiese saber que aquel joven que promocionó era uno de los soldados que juraron dar su vida por Hitler.

La otra cosa que recuerdo la escribió Tom Wolfe. Este novelista decía que él había estado en un congreso donde un izquierdoso progre europeo hablaba mal de los Estados Unidos en los Estados Unidos. Wolfe dice que estaba escuchando la perorata, que venía a decir que su país era igual que el régimen nazi, y Günter Grass saltó desde el público: "los Estados Unidos no tienen ni comparación con el régimen nazi: usted lleva media hora hablando aquí mal de su país y nada ha ocurrido. En el III Reich a los cinco minutos hubiese entrado alguien y se hubiese acabado esta reunión". Wolfe concluyó: "nos asustamos todos un poco: aquel tipo sabía de lo que hablaba". Y tanto que lo sabía, él era el que entraba en los sitios a apresar rojos, homosexuales, judíos y demás enemigos de la raza.

Entonces, a mí algo empieza a olerme mal. Estos tíos intransigentes que te quieren obligar a tener complejos de culpa, que no te dejan hablar mal de un inmigrante, que nos sacan a los europeos siempre como los malos de la película, resulta que alguno de ellos era el lameculos de Hitler y luego cambió la chaqueta.

Pues muy bien, hombre.

¿Por qué todo eso no lo pensaba Grass antes y ahora sería un hombre cabal, sin ir de extremo a extremo? Este tío y muchos otros se reciclaron a marchas forzadas y, no sé si para camuflarse mejor o para purgar sus culpas, se convirtieron en radicales del extremo opuesto y obligaron a Europa a vivir con complejos. Esos complejos son los que ya os he dicho tantas veces: la inmigración descontrolada, el feminismo revanchista, la educación "no autoritaria" y miles de disparates más.

Ahora mismo, si yo digo que Europa debe de expulsar a los inmigrantes ilegales, saltará alguno como Grass a llamarme fascista.

Fijaros lo que dice Marta Salazar en el artículo:
Günter Grass ha sido durante decenios el acusador por antonomasia, la persona que iba con el dedo levantado -como se dice en alemán- buscando enemigos políticos o culturales a quienes acusar de nazi. Pocos se han salvado de las diatribas de este hombre que nunca se ríe. Después de conocer su vida, a través de este libro autobiográfico, podemos comprender la amargura, la desesperanza y el rencor, que se transmite en toda su obra y en su actuación anterior.

Desde su pobreza de pequeño burgués amargado, desde su frustración sexual -que él mismo narra en el libro- desde su envidia, desde su resentimiento social frente a los que tenían más, desde su imposibilidad de tener amigos. Desde el cariño no confesado por su madre y el desprecio y desamor por su padre.

Desde las profundidades de la frustración humana se levanta Oskar-Günter, para erguirse por sobre los demás. ¡Y pobre que alguien no reconozca su superioridad! Llámese Martin Walser (otro escritor alemán, el típico segundón que nunca ha alcanzado la popularidad de Grass y su eterno rival) o llámese Konrad Adenauer o editorial Springer. El que no acepte que Grass es el más grande -hay mucho de megalomanía en su personalidad- será arrojado al infierno. Lo que no sabíamos hasta ahora es que el mismo Grass había sido uno de los guardias de ese infierno.
Una gran columna, Marta.

22:15:00 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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