26 de febrero de 2007
La chulería se va acabando
Tengo un tío que es, como mi madre, andaluz. Llegó a primeros de los 70 a un pueblecito industrial valenciano llamado Pedreguer. Se empleó en una fábrica de bolsos de piel y allí sigue a sus 60 años.

Su vida tranquila sólo tiene un aspecto inusual: su hija se casó en Francia con un albañil regordete, medio francés medio italiano, amigo de las motos chopper, que luego resultó hacerse rico. Se dedica a montar cañerías de cobre. Esas cañerías aquí no se utilizan, pero en Francia todas las maisons las tienen.

Este francés quiso tener una casa aquí en España y entre mi tío y él compraron un chalet de segunda mano, en una buena zona y con una buena huerta, y lo reformaron. La cosa se quedó bastante bien. Entonces, mi tío se mudó desde su piso franquista y se pasaba los sábados cultivando la huerta. El francés con mi prima venía siempre que tenía vacaciones. También a veces mi prima venía sola con sus hijas.

Hasta aquí, todo genial. Pero al vecino de al lado parece que se le puso el ánimo mohino. Aquel currantillo andaluz, de pisito y coche barato, tenía una casa mejor que la suya.

Hay que decir aquí que este señor tiene una hija que sale con un constructor de esos de medio pelo que van sacando pecho en su furgoneta.

La cuestión es que comenzaron a construir una puerta para pasar por el camino que correspondía a la parcela de mi tío. Esto no sé con qué motivo lo hizo, porque él tenía salida por el otro lado.

Cuando mi tío puso una valla para impedir esto, le pusieron una demanda en el juzgado. A partir de ahí, contrató a otro primo que tengo, de la rama valenciana, que es abogado en Valencia.

Pasaron los meses, llegaron al juzgado y mi primo aseguraba que ganaría de calle. Pero en el juicio comenzaron a salir testigos falsos: uno era el antiguo dueño de la casa de mi tío, que aseguraba que el vecino tenía una puerta y pasaba por allí desde muy antiguo. Otro era un vecino algo más lejano. También hubo un testigo que dijo la verdad.

A todo esto, tanto mi primo como mi tío, no daban crédito. Aquello parecía una teleserie de esas baratas. La cosa olía a oscuros untamientos. El yerno constructor no se perdió el juicio y tenía sonrisita de esas maquiavélica, de malo de la película.

Y mi tío perdió el juicio.

Yo la verdad es que tampoco daba crédito. Habían soltado mentiras inconsistentes, pero la jueza les daba la razón. Yo no sé si aquella mujer ha estado en Egipto.

Una tarde estaba yo con mis tíos y mis primas y se asomó el yerno por detrás de la valla. Estaba allí frotándose las manos, como mirando sus futuras posesiones. Tenía la cara esa de gañán de muchos de su ramo profesional.

Otro día se volvió a asomar con unos amigos cuando mi tía se estaba bañando en la piscina y estuvieron riéndose de ella. A partir de ahí tuvieron que poner una especie de panel de cañas para que el cerdo aquel no volviese a incordiar.

La sentencia se recurrió pero creo que volvió a perder mi tío. Claro, aquí había que pagarle al "perjudicado" unos siete mil euros. El marido de mi prima los pagó enseguida y además le dijo al abogado que preparase otra demanda.

No estoy muy enterado de los detalles jurídicos, pero sé que contrataron a un detective que fue con una cámara oculta a preguntar por allí. Yo ahí ya me empecé a intrigar con aquel thriller jurídico/rural. La cosa prometía.

En poco tiempo, el detective tenía grabaciones muy claras. No digo exactamente cuáles porque no lo sé, aunque lo supongo. Ya sabéis que en internet los aludidos siempre aparecen, y seguro que andan buscando a quien cornear.

El final de la historia es el siguiente: el hombre se fue a casa de mi tío, admitió no tener razón, prometió devolver el dinero y aceptó no pasar por allí. También dijo haberse "dejado aconsejar demasiado por otras personas". Aquel estratega que se frotaba las manos creyendo que el pueblo era suyo. Gatillazo y tente tieso. Qué poco dura la chulería en casa del paleto.

22:17:00 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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