27 de marzo de 2007
La catalana y el extremeño
Hace unos cuantos años, en un periodo de soledad y paro, estuve chateando con una barcelonesa. No recuerdo su nombre, tenía un año menos que yo, era licenciada en filología inglesa y trabajaba en una productora de televisión. Se acababa de comprar un piso y andaba preparando la mudanza. Me enseñó solamente una foto: ella y su hermana sosteniendo un bebé. Las dos eran extremadamente atractivas, rubias, delgadas y con el rostro muy armónico. El bebé era el hijo que su madre había tenido con su nuevo marido.

Esto de chatear con alguien que vive muy lejos de ti y que está en el paro es algo que no hacen todas. Nos contamos anécdotas de la vida y a mí hubo una que me llamó la atención. Os la cuento:

Unos meses antes de conocerme a mí, tuvo largos chateos con un chico extremeño que trabajaba en Madrid. No me dio muchos detalles de aquella relación, no sé si el tema era amoroso o sólo de amistad.

La cuestión es que prepararon un encuentro en Madrid. Planearon lugar y hora, incluso el restaurante donde cenarían. Ella se quedaría en el piso alquilado de él.

Cuando se encontraron, parece que el extremeño no se encontraba muy bien. En la cena no probó bocado, la garganta parecía atascada. La chica catalana hablaba ella sola todo tiempo, limando asperezas. Luego estuvieron tomando copas y ella esperaba algún avance. Pero el avance no llegaba. Todo era hablar y hablar de trivialidades.

Avanzada ya la noche, la chica decidió dar el paso. Lo besó y él parecía tan contento. Ella, en cambio, ya empezaba a tener negros augurios, pero no dijo nada.

No me dio muchos detalles sobre lo que sucedió en ese rato. Besos, morreos, lengüetazos y refriegos, la verdad, no lo sé. Sólo sé que la cosa fue tomando temperatura y se encaminaron al piso donde debían dormir.

El amigo extremeño, que en el chat era un Nacho Vidal, a la hora de la verdad no pudo pasar el arco de triunfo. La pelililla se le trabucó y se le metió para adentro. Por más que porfiaba, el globito de a peseta no se inflaba.

Así estuvo un buen rato, solicitando felaciones y otro tipo de técnicas, pero nada ocurrió. Al final la chica quiso irse a dormir.

Se metió en la cama pero lo oía a él andando por el pasillo. Recuerdo muy bien la expresión que utilizó: se movía por el piso "como una araña".

Poco a poco, el hombre araña se fue acercando a la habitación de ella y abrió la puerta. Estaba claro que nada bueno iba a ocurrir. Estuvo dando una especie de discurso: si dejaba que aquello terminase así, la próxima vez sería peor porque el mal recuerdo volvería a la mente y entraría en un círculo vicioso. De modo que mi amiga tuvo que chupar durante un buen rato más el colgajito del coleguilla. Por supuesto, el pene del extremeño era el único allí que había conseguido dormirse.

A la mañana siguiente, malas caras y despedida fría. Según me contó, había intentado volver a chatear con él pero le había rehuido. No le perdonaba esa maldad intrínseca catalana, ese haberle provocado a un macho como él un problema de impotencia.

16:07:00 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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