19 de junio de 2007
De Benidorm a Penáguila
El sábado estuve comiendo en Benidorm y luego dando algunas vueltas. Íbamos con el escúter y estuve, como siempre, haciendo el cotilla. Comimos en un restaurantito de la Cala de Finestrat, a 9 ? el menú. No es que fuese comida de lujo, pero el arroz a banda estaba genial. Allí en la Cala todo parecía normal: los nengs con sus escúter tuneados, los ancianos renegridos asándose como lagartos, las ancianas en pelotas y con sombrero de paja, las chavalitas con el tanga al aire, los macarrones de las chanclas y los pantalones pirata, algún alemán con su panza a ocho bares de presión, una vieja que cantaba pasodobles con un mantón y luego pedía propinillas. Todo como siempre. La playa bien espesita de gente.

Luego subimos a la ermita para ver si el hotel Bali estaba más alto o no. La verdad es que sí que está más alto. Pero eché un vistazo a la derecha y vi la playa de Poniente casi vacía. Una cosa que no me pareció muy normal a mediados de junio, que para el turismo europeo es ya temporada alta.

Bajamos hasta abajo porque yo quería hacer una inspección: vacía la playa como en invierno, hasta se podía aparcar legalmente. Mirando a la izquierda, iban pasando las cafeterías con las mesas en la acera. Ocupación: 8% y soy generoso. Los bares ingleses a 1 ? la pinta, las tascas manoleras de tapas y tintorro, el bar ambientado a lo africano, las terrazas con silloncitos de mimbre, la cafetería Yago de diseño.

Quise meterme en ese espolón que separa las dos playas y ver la plaza del Castillo. Ese pequeño mazacote peatonal, con callejuelas adoquinadas y una iglesia de aspecto pobre es el Benidorm antiguo, el que vivía de la pesca.

La cuestión es que aparqué la moto ya dentro de esa plaza, junto a la balaustrada que da al mar. Paseamos un poquillo y bajamos por una larga escalera hasta una especie de rellano en el que casi te da la espuma del mar y las gaviotas te pasan a dos palmos de la cabeza. Aquí había algo de gentucilla pero poca.

Al ir a por la moto se nos acercó un individuo: ya casi viejo, muy bronceado, camisa negra de manga corta, pantalones cortos, zapatos náuticos, pelo espeso y cano, acento argentino. "Le recuerdo que está terminantemente prohibido aparcar motos como esta aquí. Si son tan amables de cambiarla". Le dije que ya nos íbamos. Claro que a estos cabroncetes me los conozco muy bien y sabía que era dueño de algún establecimiento. Lo vi caminar hacia abajo y meterse en el bar de enfrente, un local de esos guayón, con gran barra circular, sillones de mimbre y tres clientes en un rincón. Le hubiese podido responder: "pensaba que lo suyo era una tienda de muebles, caballero".

Parece que poco a poco el miedo y los nervios les van entrando en el cuerpo. No sé si es el bajón del consumo nacional, la falta de inversión en estas empresas (porque se han dopado con el ladrillito) o incluso que el modelo Benidorm está agotado y la gente no quiere hacinarse. Sea lo que sea, cuando tú te has tirado desde octubre pasándolas putas, o directamente perdiendo dinero, esperando la temporada alta, y cuando empieza esa temporada, metido ya en la segunda quincena de junio, la clientela no llega, pues te tiene que entrar un cierto mal rollito.

Tal vez sea precipitado hablar, aún no ha entrado el verano propiamente dicho, pero la intuición me dice que Benidorm no lo tiene tan claro como yo pensaba. Los alemanes y los ingleses no están viniendo como antaño. A estas alturas, en los años 90, las hordas bárbaras ya saturaban las aceras y acababan con las existencias de todos los establecimientos. Los camiones de cerveza entraban todas las mañanas junto con los autobuses llenos de turistas.

Los europeos de mi generación, que tenían que tomar el relevo de sus padres, parece que prefieren otros destinos. Turquía o Croacia para lo que es playa. Barcelona, Milán o París para culturizarse un poquillo. La Patagonia, China o San Petersburgo para nuevas experiencias. Los mismos españolitos van a las agencias y compran viajes exóticos. Los vuelos han bajado mucho de precio y la competencia se ha multiplicado.

Luego subimos a la Creueta y vimos cómo se siguen construyendo más torres. En concreto, una de ellas era de las más altas del pueblo. Ahí creo que alguno se ha pillado los dedos pero bien. Creo que en Benidorm ahora mismo ya sobra la mitad de todo: bancos, restaurantes, hoteles, apartamentos, tiendas de souvenirs, heladerías o alquileres de hamacas. Todo el invierno he estado viendo los establecimientos vacíos, tocaban a cliente por bar. Esto resultaba muy gracioso, los precios estaban tirados, pero está claro que esa situación no es sostenible.

Luego por la noche quise ir al restaurante del Safari de la Aitana y me equivoqué. Estaba cerrado. Bajamos con prisas hasta Penáguila y nos encontramos un local con mesas de plástico, humo de cigarro y niños berreando. No había ni una mesa libre. Nos indicó el camarero otro restaurante cerca de allí.

Llegamos y nos atendió Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de Camborios. Era un gitano de esos aceitunado, alto y grueso, con patillas y sotabarba, reloj de bolsillo con cadenita, camisa negra por dentro y el culito prieto. El restaurante, a media carga, con la lumbre encendida porque en ese pueblo hace frío. El tío nos preguntaba casi amenazante, con un empaque que acojonaba. 43 ? para los dos nos costó el menú degustación. Estaba bueno, pero no demasiado, por eso lo encontré caro. Cuando pedí la cuenta miré el tiquet: el gitano había escrito "Menú de Gustación".

15:37:00 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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