20 de agosto de 2007
Memorias universitarias IV
He estado hace poco viendo el programa de la asignatura "la novela del siglo XIX", una de las muchas que yo cursé en aquella facultad. La sigue impartiendo (de manera excelente) el catedrático Joan Oleza. El temario viene a ser el mismo, pero la asignatura vale ahora 10 créditos, cuando en mis tiempos valía 8. Además, cada crédito equivale a 6 horas lectivas (antes 10). Si la licenciatura siguen siendo 300 créditos, un pequeño cálculo mental (asequible hasta para un filólogo) arroja 1.800 horas presenciales en el aula para toda la licenciatura en cinco cursos. Yo tuve que hacer 3.000 de esas horas para obtener mi título en cuatro años. Si un estudiante emplea ahora 360 horas en el aula cada curso, yo tuve que emplear una media de 750.

Echaba más horas copiando apuntes en aquellas aulas que Menéndez Pidal en la Biblioteca Nacional. Y todo por un título que rápidamente se ha ido devaluando. El número de alumnos no ha dejado de bajar en este tiempo, creo que ya anda por debajo de la mitad. El nivel de esos alumnos mejor lo comento en otra entrega, pero lo he podido comprobar hace poco porque estuve allí dando unas clases.

Volviendo a octubre de 1995, recuerdo que seguía haciendo ese calor pegajoso de la ciudad de Valencia. En aquella habitación interior, en aquellas noches calientes, con mi armario de espejo, yo le daba vueltas a la cabeza: el horario que me había quedado era demencial, el viernes creo que tenía diez horas de clase, con huecos en medio. Entraba a las ocho de la mañana y salía a las diez.

Ante esa situación, decidí apuntarme también a las clases de ajedrez que impartía Mauricio Vasallo. Aquellas lecciones no tenían ni la legión de amanuenses ni la pedantería de las otras. Vasallo era un argentino de unos 30 años que había sacado su título de Maestro Internacional.

La verdad es que los recuerdos de aquel tiempo no son excesivamente agradables. Veo ahora claramente cómo ya a los cincuentones se les ponían los dientes largos pensando en el negocio que harían con nosotros. Porque sacarse 400.000 pesetas de aquel tiempo cada mes hablando de perritos de Pavlov o Beda el Venerable puede calificarse de buen negocio, ¿no?

Recuerdo sobre todo a una argentina llamada Sonia Mattalia. Impartía literatura hispanoamericana contemporánea. Casi todas las mañanas, en aquellas pequeñas aulas de la antigua facultad de Farmacia, allí subía ella y se ponía a hablar: modernidad, posmodernidad, la mujer por aquí y por acá. Lo único que recuerdo de aquellas clases es cómo le gustaba posponer el determinante "otro". No decía: "Borges intenta construir otra realidad", sino: "Borges contruye una realidad otra". Esto le debía de parecer el colmo de la complejidad filosófica.

Y cómo fumaba la tía. Estaba ya prohibido fumar mientras se daba clase (aunque alguno se saltaba esa norma, como uno que se llamaba Alfons Cucó, del que hablaré cuando toque y que por cierto ya murió de un cáncer de pulmón) pero ella acababa, se bajaba de la tarima, se salía al pasillo y encendía ya el cigarro. Si querías hablar con ella, debías hacerlo aprisa y corriendo, algo así como un reportero de Aquí Hay Tomate. Una vez hablé y me respondió echándome el humo a las narices.

Yo no sé si Mattalia estará ya camino de la jubilación o sigue teniendo cuerda. Lo cierto es que creo que sigue con el mismo discurso, haciendo la revolución allí en las aulas entre cigarro y cigarro. Aquí hay un libro en su línea: "Aún y más allá: mujeres y discursos". Ya veis que sigue construyendo una sintaxis "otra". Yo, por mi parte, he puesto el título del libro entre comillas porque esto equivalía con ella a suspenso. Los libros se subrayaban, los cuentos y los artículos se entrecomillaban. Con todos los respetos, yo cito las cosas como me sale de los cojones.

Otra de las profesoras de aquellos meses fue Nuria Girona. Era discípula de Mattalia y su discurso era prácticamente el mismo. También me gustaban mucho su sintaxis y su estilo. Aquí un libro suyo: "El lenguaje es una piel". Yo entonces era demasiado joven y no me daba cuenta, pero creo que esta tía pasaba hambre de sexo. A mí esa gente que para hablar de literatura necesita hablar de sexo me parece que debería de follar más. Años después, estando yo ya haciendo el doctorado, venía a clase con un embarazo muy avanzado, no sé si de inseminación artificial o qué.

Girona era ya de otra generación, sin el estiramiento aquel sesentayochista y afrancesado de Mattalia. A mí me caía bien como persona, pero no me interesaba nada como profesora. Si se mira su historial de publicaciones se ve que ha publicado poco y de 1996 a esta parte apenas nada. Yo supongo que apretó un poco para colocarse como profesora titular y luego ya se ha dedicado a disfrutar de la vida.

Esto de las publicaciones universitarias, al menos en filología, es un poco cutre. No piensan: "¿qué podría aprender que fuese útil para mi disciplina?". Lo que piensan es: "¿cómo podría conseguir que me publicasen algo y así sumarme los puntitos para sacarme la plaza?". Y es así como te encuentras con libros del tipo: "Al límite del sin embargo: la posición de las comas en los entremeses de Sor Juana Inés de la Cruz". O bien: "Mujeres y lenguajes: repensar el yo en la posmodernidad".

Sobre esta tendencia crítica Mattalio-Gironiana recomiendo un libro ya clásico: Imposturas intelectuales de Alan Sokal (y aquí una entrevista con el autor). Interesantes también las reflexiones de Tom Wolfe al respecto (googlead vosotros).

Volviendo a repensar mi yo en aquellos días, me acuerdo de los macarrones pegajosos que nos servían en el comedor. Aquel curso aún se daba en la antigua facultad que compartían Filología e Historia. El curso siguiente creo que ya nos pasamos a la que dejaron libre los de Económicas cuando se mudaron al nuevo campus junto al Politécnico.

En aquella vieja facultad no cabía nada. Los techos eran altísimos, en el recibidor había espacio para jugar un partido de fútbol y el techo estaba en la cuarta planta. Pero luego la sala de lectura de la biblioteca estaba siempre llena y tenías que sentarte a leer en las escaleras. Faltaban incluso bancos y a nadie le importaba. El comedor era enano y al final si llegabas un poco tarde tenías que marcharte a otros sitios. Recuerdo claramente las aglomeraciones y las largas colas.

Creo que había mucha gente que, entre aquellas muchedumbres, pasaba soledad y acababa hablando sola mentalmente. Una vez estaba en la cola para pedir un bocadillo y oigo detrás de mí: "¿qué vas a pedirte?". Me giré y vi a una chica bastante pequeña con una cola de caballo que se tapaba la boca avergonzada mientras miraba a otro lado. No había nadie con ella. Yo creo que le hablaba a su amigo imaginario, pero el output equivocó la salida. Demasiadas horas leyendo.

También recuerdo que las paredes estaban forradas de publicidad de pequeñas tiendas que vendían PCs clónicos. Yo no tenía ordenador ni quería comprarme. No me interesaron en ningún momento los ordenadores sin conexión a internet y me siguen sin interesar. Los precios creíamos que eran baratos: por 300.000 pesetas podías tener un Pentium II a 166 Mhz y pantalla de 15 pulgadas. Casi nadie tenía conexión a internet en su casa, los utilizaban para jugar a juegos pirata y poco más.

Valdría la pena también hablar de las distancias que recorría a pie un estudiante cada día. Si yo vivía en Primado Reig, hasta la facultad de Filología había unos tres kilómetros y medio. A unos siete kilómetros por hora de media, pues me tiraba media hora en cada trayecto. Aparte de eso, entre la facultad de Farmacia y el Aulario III había no menos de un kilómetro. Esta distancia podía recorrerse dos veces en un día normal. Además, había que cruzar la avenida varias veces, que tendría unos cien metros de ancho. Muchas veces, para ahorrar dinero y para poder hacer caca sin pringarme de orín las nalgas, iba a comer al piso y luego volvía. Entonces, las distancias recorridas a pie oscilaban entre los diez y los veinte kilómetros diarios. Esto, teniendo en cuenta mi dolor crónico por las secuelas de mi accidente, se me hacía casi insoportable. Llegaba a afectar a mi estado de ánimo. Lo que no entiendo es por qué no me compré simplemente una bicicleta, un monopatín o me llevé mi ciclomotor allí. Mis padres, por supuesto, siempre decían que allí me lo robarían todo, me atracarían, etc.

Era muy curiosa también la docilidad nuestra. Todas las canalladas que nos habían hecho no sirvieron para que protestásemos ni una vez. La única protesta que se organizó en aquel tiempo creo recordar que fue por el 0,7% al tercer mundo y por el asesinato de Tomás y Valiente. Loables causas que habían organizado los profesores, por supuesto.

Yo creo que lo nuestro era una mezcla de los orígenes humildes (los hijos de los ricos no estudian una carrera con la que sólo se puede llegar a profesor de instituto), sobreprotección por parte de nuestros padres y la influencia cultural norteamericana. En las películas de Tom Cruise las asociaciones y los sindicatos eran una cosa cutre y casposa. El joven de talento destaca rápidamente entre la masa, aprovecha las oportunidades cuando le llegan, si no está contento en un trabajo se va a otro. El mercado es el único que defiende bien tus derechos.

Y parece que el mercado decía que Sonia Mattalia cobraba 400.000 pesetas por hablar de Pablo Neruda, mientras que nuestros padres 120.000 por conducir un volquete diez horas diarias. Esto nos parecía justo y normal. Lo que no sabíamos era lo nos iban a pagar a nosotros después de haber aprendido las poesías de Pablo Neruda.

14:41:00 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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