9 de enero de 2008
Memorias universitarias VII
Estoy lesionado en la espalda y no puedo sentarme durante mucho rato en la silla del ordenador, de manera que voy a seguir de momento narrando mi vida universitaria desde el sofá mientras dure la batería.

Me matriculé del doctorado en el otoño de 1999. En aquel tiempo lo llamaban "tercer ciclo" y habían pensado en matriculaciones masivas. Pero la realidad es que muy pocos estudiantes se interesaron por unos cursos que no valían básicamente para más que redactar luego una tesis e intentar hacerse profesor universitario. La gran mayoría se fue a los institutos a ganarse el pan, como es lógico y de sentido común.

El programa se llamaba "Literatura hispanoamericana y portuguesa". Un popurrí de lo que les interesaba a los profesores de aquel departamento. Cada crédito se pagaba a 5.000 pesetas. Hago un pequeño recuento:

Arcadio López Casanova seguía contando básicamente lo mismo que en el primer ciclo. Machado, Juan Ramón Jiménez, José Hierro. Recuerdo que un día analizamos la poesía esa de "soy animal de fondo de aire". Yo todavía no sé a qué se refiere Juan Ramón con eso. Machado me interesa mucho más. Yo creo que es el mejor del siglo XX, y de paso ponle también el XVIII y el XIX, ya que tan malos poetas hubo. Del XXI ni hablo, porque medirlo con los poetastros de ahora daría risa, y con La Oreja de Van Gogh o El Canto del Loco también. "Quiero entrar en tu garito con zapatillas y que no me miren mal al pasar", pues hombre, creo que no.

Yo creo que Arcadio es un buen profesor, un hombre que enseña con un manual redactado por él mismo. Tal vez entienda las poesías de una manera un poco mecánica, formalista. Esto es un viejo debate sobre aquello que se llamaba la "sincronía" y la "diacronía". Parece que estos académicos se formaron en una época de excesivo historicismo en la crítica literaria (diacronía) y quisieron incorporar las tesis formalistas (que datan de la primera década del XX pero que a España no habían llegado) a sus análisis. Esto me parece a mí bien en 1970, pero Arcadio debió tal vez de actualizarse un poco. Yo no tenía problema en sacar sobresalientes con él, pero un poco de transversalidad hubiese animado el cotarro.

También podría este profesor en sus clases sobre novela haber mencionado un poco mejor La Colmena de Cela, una obra que todo el mundo entiende como clave. Él prefería explicar a los Goytisolos y otros bodrios. Estos rencores ideológicos yo no los entiendo. Y ya de paso, ya que Oleza también acabará leyendo esto, pues un poquito mejor se podría explicar a Palacio Valdés, que fue considerado en su tiempo como "el patriarca de las letras hispanas" y José María de Pereda. Y no digamos a Pardo Bazán y Fernán Caballero. Salen de la licenciatura los chavales y se creen que en el XIX sólo escribieron Galdós y Clarín.

Luego había otros profesores de interés desigual. Uno que llamaban Sevi, y que era el director del departamento, explicaba los cuentos del brasileño Rubem Fonseca. Este tío es para mí uno de los grandes cuentistas que he leído nunca. Son unos relatos muy breves.

Luego estaba la inevitable Nuria Girona, con sus cuitas feministas. Hablaba de la tía esa cejijunta, Frida Kaloh, o Khalo, de otra llamada Marta Traba, de otra llamada Poniatowska. Hasta creo que metió a Laura Esquivel, a Isabel Allende, a todo lo que tenía coño y novela publicada en español.

Luego había otro que debía de enseñarnos "la edición de textos en formato electrónico". Se limitó a pasarnos las fotocopias de un tutorial HTML y a sentarse allí para que le hiciésemos preguntas. Había que elegir una obra para editarla y ponerla en su web. Editarla significa transcribir el texto, no poner notas al pie. Hay gente que se cree que hacer la edición de un libro es poner notas al pie. Yo trabajé con uno que se llamaba Libro de motes de damas y caballeros, de un cortesano valenciano del siglo XVI llamado Luis Milán. Era un librito en formato muy pequeño que era una especie de juego. La dama pasaba las hojas rápido y el caballero metía el dedo. Y ahí la dama le hacía el requiebro verbal que había escrito Luis Milán y el caballero debía responder con gracejo. A veces eran simplemente pruebas más bien bufonescas, como ponerse el talón en la cabeza o calzarse los zapatos al revés.

Así se ganaban la vida los escritores antes de que hubiese derechos de autor. Y muy pronto se la ganarán otra vez así, lamiendo el culo de los políticos.

Pero vamos adelante, que esto se me alarga.

Otro profesor iba de listo. Para aprobar su asignatura simplemente debíamos ir a un centro de documentación de teatro, en el centro de Valencia, y hacer allí tareas de archivero. Y nos debía mandar la archivera de allí, porque a él no lo íbamos a ver. Montamos los alumnos una especie de rebelión. Había uno que ya era mayor, pasaría de treinta años, y que no nos quiso apoyar. Creo que escribía obras de teatro y nos dijo que no quería "tener a un crítico en contra". A mí me pareció un arrastrado y un mamón, aparte de un mal escritor, y así se lo hice saber. Luego nos reunimos con el director del departamento, planteamos la queja, él dijo que se ocuparía y muy pronto tuvimos al profesor todo manso entrando a darnos clase. Simplemente se dedicó a enseñarnos unas revistas que se había traído de Argentina. Cuando el esquirol este tiró a hablarle, el profesor reaccionó con una especie de ladrido. Yo creo que el director del departamento no le dijo quién había planteado la queja, y él creyó que era aquel escritorzuelo rencoroso, que como mayor que nosotros nos había acaudillado. Un crítico en contra para el resto de tus días, qué mal rollito.

Hay algo ridículo en el ambientillo del doctorado. Es esa pedantería que nadie quiere reconocer pero que está ahí. Todo el mundo cree secretamente que ya es un académico, aunque de hecho sea un simple alumno. En el mundo de las letras, esto es especialmente penoso. Los becarios eran la mano de obra más barata e ignorante que yo he visto nunca. No les pagaban ni seguridad social. Allí echaban horas y funcionaban poco menos que de secretarias de los académicos. Y a mí ni tan siquiera me aceptaron de becario por falta de nota media.

Con los otros alumnos hice un poquillo de amistad. Uno que se llamaba Juan ahora está en el Instituto Cervantes de Estambul, aunque se queja de la temporalidad. Otra que se llamaba Corín me parece que hizo oposiciones. Otro que se llamaba Luis María entró de becario y ahora está por ahí con un lectorado, no sé si en Italia. Tampoco sé qué ha hecho con su mujer y su hijo pequeño, porque parece que la dejó embarazada antes de hora.

Fue un año en el que me estuve rascando un tanto las bolas. Los cursos de doctorado funcionaban básicamente así: "yo hago como que doy clase, tú haces como que estudias, yo firmo y tú pagas, y si te he visto no me acuerdo". Con un par de horitas diarias por la tarde estaba el tema solucionado. También me pasaba por el CAP por si al final iba a acabar preparando oposiciones.

El piso de los de Villena lo abandoné porque me fui con mi hermano, que acababa de llegar a Valencia. Alquilamos un buen piso en Primado Reig y yo me instalé en una buena habitación de dos camas que daba al patio. Había dejado atrás los autobuses y ya iba con mi cochecito.

Me compré un libro de Escohotado llamado Caos y orden y me estuvieron cambiando las ideas. De entrada, vi que el mundo de las "damas y caballeros" y del "animal de fondo de aire" se me hacía muy pequeño. Eran cuatro años ya con el tema y a mí no me suele durar mucho más el interés en un campo. Lo de Escohotado me alucinó: que si Feynman, que si Böhr, que si los fractales, que si Marujita Díaz. Ese libro es una tontería, pero yo era un joven con demasiadas ilusiones, en un medio mediocrecrático y de pura caspa. Ahora veo claro que iba directo al fracaso. Me sorprendo incluso de que tenga con qué llenar la nevera.

Para el curso que daba Oleza preparé un trabajo con ese libro de Escohotado y las dos novelas de Richard Ford sobre el personaje llamado Frank Bascombe. Se trataba de un nuevo realismo influido por la teoría del caos y los fractales, lo mismo que Zola estaba influido por la ciencia positivista y el determinismo. No sé si tenía algo de razón, pero habrá que dejar pasar 50 años para saberlo con certeza.

A ver si Anagrama traduce ya la tercera parte de esa trilogía, que lleva muchos meses publicada en inglés y aquí a nadie le importa tres pepinos.

Otro libro que leí en ese tiempo fue Las partículas elementales, de Michel Houellebecq. Me gustó un poco pero no me apasionó. Me gustó la crítica que hacía del sesentayochismo y el estilo tan bien elaborado de su prosa. No me gustó lo asqueroso de algunos pasajes y ese deje de intelectualón francés que en el fondo tiene el tío. A mí me han comparado con Houellebecq, o más bien me han insultado diciendo que imito a Houellebecq. Y la verdad es que creo no parecerme en nada a Houellebecq. Dicho en dos palabras: mis influencias son básicamente decimonónicas y norteamericanas, y sobre todo Pío Baroja. Houellebecq me parece un depresivo que se caga en todo y filosofa pero no aporta datos. Yo me paso el día manejando datos. Houellebecq tiene una prosa medida, cuidada, y empezó como poeta. Yo tengo una elocuencia decimonónica parecida a la de Blasco Ibáñez. Soy un escritor de blog que no tiene tiempo ni ganas de repasar lo que ha escrito. Hasta Baroja me llamaría desaliñado. Si la gente me exigiera que anduviese midiendo las comas, prepararía un wiki para que me lo hiciesen los lectores. Y además, Houellebecq siempre que puede critica internet.

Además de los cursos, había que ir preparando un trabajo de investigación que se leería al año siguiente. Yo no sabía dónde meterme y Oleza me aconsejó que me integrara en el equipo que estaba editando las obras completas de Max Aub. No era una mala oferta, puesto que me aseguraba una primera publicación. El problema fue que asignó lo más difícil al investigador más inexperto. El tomo mío se titulaba "Obras de ensayo y artículos de opinión". Tenía Oleza unas microfichas que había encargado al Colegio de México (donde se guardaba el archivo personal de Aub) y luego estaba el archivo de la Fundación Max Aub de Segorbe.

Empecé con las microfichas, que iban en una cajita de cartón. No podía leerlas en casa, debía de ir a la facultad porque era allí donde estaba el lector. Si alguien no sabe lo que es una microficha, se trata de una especie de fotografía del papel que se ve como una diapositiva. En una tarjeta del tamaño de una postal había 20 microfichas. Ahora mismo, tal y como escribo esto, ya me estoy mareando. Un par de veces llegué a casa amarillo y con ganas de vomitar, hasta que aprendí a moverlas más despacio y en línea recta.

Claro, no había ningún catedrático que tuviese las más mínimas ganas de hincarle el diente a aquello. Era un trabajo de becario sin beca, si podía ser chino mejor.

Pero lo más acojonante era que allí había miles y miles de artículos inéditos. El cabrón de Aub era una especie de grafómano que todos los días se tiraba tres y cuatro horas dándole a la pluma. Tenía una letra cuadrada, exacta, muy legible. También había miles y miles de folios que alguien en el Colegio de México había mecanografiado, supongo que al morir Aub y con vistas a la edición de aquello.

No había por dónde cogerlo. Yo creo que Aub publicó algo así como el 1% de lo que escribió. Opinaba y opinaba sin parar. Sus tres libros de ensayos publicados (Hablo como hombre; Pruebas y Ensayos Mexicanos) no son ni lo más representativo ni lo mejor de su obra ensayística. Sus mejores opiniones yo creo que siguen inéditas en esas microfichas, porque yo acabé haciendo solamente una especie de censo y con eso me aprobaron. También creo que la publicación de sus obras completas se ha interrumpido o tiene muchas dificultades y que no habrá dinero para meterlo todo.

Fue un escritor más bien mediocre este Aub. Era un socialista con ideas de lo más ordinario. Si acaso, destacaría su sentido común y su memoria. Pero de genialidades nada. Y cuando se le iba la pinza se ponía a hacer una prosa pseudobarroca que era pura bisutería. Lo más famoso suyo es El laberinto mágico porque en España no se podía escribir sobre el tema y en el extranjero no había ganas. Te coges ahora mismo el tomo de las memorias de Baroja La Guerra Civil en la frontera y te ahorras los siete tomos de Aub.

No dio mucho más de sí el tema literario. A final de curso me recomendó Oleza que me matriculara en un curso de edición de páginas web porque eso iba a dar mucho juego en el futuro. En la universidad politécnica había una especie de master que tenía una parte para páginas web. Te podías matricular sólo de esa parte. 100.000 pesetas costaba y duraba yo creo que dos semanas.

Las clases se dan en un aula llena de ordenadores McIntosh de aquellos que parecían una burbuja verde. El proceso para hacer una página web se resumía de esta manera:
  1. Diseñar una especie de anuncio publicitario en Photoshop (en aquel caso, un novedoso programa llamado Fireworks).

  2. Recortar una a una las zonas significativas de nuestro diseño y guardarlas en formato GIF en una carpeta.

  3. Abrir Dreamweaver y crear una tabla que abarcara toda la página.

  4. Ir encastrando las imágenes que habíamos guardado en nuestra tabla y cambiando el color de fondo hasta llegar a un resultado parecido al que teníamos en Fireworks.

  5. Si hay que hacer otra página, repetir el proceso.
En el año 2000 ya existían las hojas de estilos, pero aquellos tíos no sabían ni lo que eran. Metían todo el formato en las etiquetas de la misma página, tal y como lo hacía Dreamweaver. Incluso defendían Dreamweaver como editor HTML "limpio", en contra de FrontPage. Lo de escribir y meter texto, ya cada uno se las compondría. Tenían una tendencia muy fuerte a meter los textos y los enlaces en los GIF que luego recortaban.

Estos eran los expertos en páginas web. Gente que venía del diseño publicitario y que creían que la web se había hecho para ellos.

Una vez se puso uno a explicar el JavaScript y empezó: "Un objeto es por ejemplo una nevera. Una nevera tiene propiedades: son las propiedades de ese objeto". ¿Tan difícil era explicar que una función era un conjunto de instrucciones que se ejecutaban todas juntas cuando las llamabas, y que una clase era un conjunto de funciones, y que un objeto es una llamada a ese conjunto de funciones para cargarlas en la memoria y poderlas utilizar cuando nos venga bien? Aquel tío no sabía lo que era un lenguaje de programación y nos soplaba 2.000 pesetas por hora a cada uno.

Luego se tiró bastantes horas enseñándonos el futuro de la web, la revolución que todo lo cambiaría: el programa Flash. Todo el mundo estaba ansioso por empezar a forrarse utilizando Flash.

Y lo teníais que haber visto. El dinamismo con el que explicaba y la energía que desprendía. De verdad se creía que se iba a hacer rico con el Flash y el Dreamweaver. Si el presente era bueno, el futuro sería mucho mejor. Y la hostia que se pegaron todos aquellos tan sólo unos meses después. Tan desconcertados quedaron que se llegaron a creer que la web no serviría para nada.

Después del cursillo aquel dejé el piso de alquiler y volví con mis padres a Pedreguer. Ahí acabó mi vida universitaria y aquí acaban mis memorias universitarias. Quería seguir con el doctorado pero también buscar trabajo haciendo páginas web. Ni una ni la otra cosa saldrían bien. Ya os lo contaré.

18:02:36 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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