5 de marzo de 2008
Memorias periodísticas III
Fue en mis primeros seis meses en aquel periódico cuando más empresarios entrevisté. Luego me dediqué a otras cosas muy diferentes.

El entrevistar a empresarios es algo que no da prestigio periodístico. Básicamente vas a jugar una partida de ajedrez pero con una posición ya perdida: ni tienes armas para contrastar lo que dice, ni aunque lo pudieses contrastar te lo dejarían publicar. En los periódicos económicos de poca monta (y en España lo son casi todos) el empresario es el verdadero cliente, es quien mantiene viva la empresa poniendo una publicidad que no es rentable. Le interesa que exista esa ventanita para autopromocionarse, para vender su cara por ahí.

Por cierto que los empresarios más exitosos de España nunca salen en la prensa. Amancio Ortega no ha concedido en su vida una entrevista. Y la familia que gestiona el Corte Inglés, opacidad total. En la prensa salmón sale el que quiere y porque le gusta.

Como la "coordinadora" del periódico era la tía más estrecha de entendederas que yo he conocido, me mandaba en principio a mí a las empresas pequeñas. Ella se quería reservar a los capitostes de relumbrón, gente que está ya de vuelta, que te controla como quiere porque pone publicidad, que está asesorada por otro periodista mucho más experto que tú y que se sabe cada respuesta de memoria.

De despacho en despacho y de polígono en polígono me hice una especie de master sobre la economía verdadera, de pequeños y medianos emprendedores. Algunos habrán cerrado ya, otros habrán mejorado, otros seguirán esperando el momento. Pero todos estaban llenos de ilusión y de ideas. Cada uno buscaba su camino de una manera. Había quien se había hecho el MBA, quien empezó sin tener ni puta idea, quien llevaba toda la vida en su viejo oficio.

En aquel tiempo aún coleaba esa pequeña mitología de la start-up, de los "jóvenes emprendedores" y de aquellos gilipollas que antes de vender un botón estaban ya mandando notas de prensa y dando conferencias. Pues bien, yo recuerdo a uno que se había montado una fábrica de tabaco. No era más que una nave mediana en un polígono alejado de la ciudad. Tenía allí unas grandes bandejas y unos cuantos empleados que liaban los puritos a mano. Eran unos puritos cortos tipo Faria con tabaco natural y muy seleccionado. Me hizo pasar a su despacho con el puro en la boca. Estaba el tío amarillo ya de estar allí dentro. No tendría más de 35 años. De todos los empresarios que entrevisté, era el que había tenido un éxito más fulgurante. No hacía ni un año que había montado la fábrica y ya vendía por toda España y no paraba de aumentar su gama de productos. ¿Inversión en I+D? Compraba todo tipo de tabaco a proveedores, se iba haciendo mezclillas y se lo fumaba en su despacho. Cuando encontraba una combinación que le gustaba, le ponía un nombre sugerente, fabricaba una cajita nueva y lo añadía al catálogo.

Otros encontré que tenían menos luces. Me acuerdo de dos con su piso en el centro de Valencia, allí encorbatados, que vendían "soluciones integrales" o yo no sé qué historia. Era software empaquetado, Microsoft, SAP, Oracle, lo que pillaran. Luego para montarlo supongo que ya subcontratarían a alguien. La idea era presentarse en las empresas en plan superexperto y venderles la burra por una millonada. Por supuesto, ellos eran los de "ya lo decía yo" de la burbuja tecnológica. Había muchos de esos de "ya lo decía yo", pero se notaba que las estaban pasando putas.

Un caso curioso me ocurrió en la Feria de Valencia, con el director de una feria importante, no recuerdo cuál. Era un hombre algo mayor, canoso y con muy mal humor. Estuvo haciéndose el antipático: "venga, rápido, que tengo poco tiempo". Le hice la entrevista rápido y se la puse en un rincón pequeño. Otro día pasé por el pasillo cerca de su despacho y me lo oí gritándole a un empleado: "¡que nos quedan dos semanas y aquí hay que echar el resto!". Al cabo de dos meses volví a saber de él: abrí el periódico ABC y salía una esquela a toda página: "Feria Valencia lamenta la pérdida de este insigne patricio señor don bla, bla, bla". Sus empleados echarían ahora el resto, pero de la botella de cava.

Curiosa fue también la entrevista con el tío ese del bigotito que ahora es presidente del Valencia, no recuerdo su nombre. Del Castillo me mandó a su despacho de la Calle de Colón diciéndome que ese iba a ser un pez gordo, que lo querían hacer presidente del Valencia. A mí así al primer golpe no me pareció mucho más que un zampabollos iletrado, con unas gafotas de culo de vaso. Era tímido, mediocre y miraba de costado. Estuvimos más de una hora en una salita sin ventanas. Me estuvo contando los exitazos de su ladrillera en plena burbujita, yo le pregunté si iba a ser presidente del Valencia y me dijo que estaba todo muy verde aún. El empresario verdadero era su padre y a él lo iban a colocar a dedo.

Entre las tecnológicas estuve en las dos más importantes: una llamada Tissat, que estaba en un precioso edificio negro de la Avenida de Aragón, y otra llamada Dimensión Informática. En la primera me pusieron con un gordinflón de 1,90 que no cabía en el traje. Decía que había estado en AT&T ayudando a diseñar el lenguaje Java. En la otra hablé con uno de los socios fundadores y me mostró la sala donde estaban los programadores. Comparada con la redacción de un periódico, parecía un convento, todo el mundo allí hiperconcentrado y sin abrir la boca. Los programadores eran gente joven, creo que demasiado joven.

Estuve también en la empresa que gestionaba las multas de aparcamiento. Aquél del marketing se preocupaba poco: un anónimo pisito con un despacho lleno de archivadores de hierro oxidado y poco más. Creo que no tenía ni ordenador. Me dio una interesante cifra: cada año ponían 800.000 multas sólo en la ciudad de Valencia, casi una por habitante. De ellas, aproximadamente la mitad se quedaban sin cobrar, pero las otras las ingresaba el ayuntamiento, con un importe medio de 30 euros. 12 millones de euros sólo en Valencia. Llamé luego al ayuntamiento y me hice el tonto. Les pregunté si con las zonas azules ganaban dinero: "el Ayuntamiento no ingresa dinero por las zonas azules, son un servicio al ciudadano para una mejor gestión de un espacio que es limitado. Con los pocos céntimos que se pagan por aparcar se financia el mantenimiento de las máquinas expendedoras, las rayas y alguna cosita más". De las multas no dijo nada.

Esto de preguntar cosas que yo ya sabía era una mala costumbre que cogí. Se obtenían resultados la mar de interesantes. Valencia era y es una ciudad de moros donde la mentira está bien vista, siempre y cuando no te la pillen. Y en ese contexto, hacer periodismo es algo difícil y atractivo al mismo tiempo.

Pero yo no tenía ganas de seguir aguantando a la "coordinadora", que ya había aprendido a sacarme de mis casillas y a hacerse la santa diciendo: "mira Rafael, qué mal me trata mi subordinado". Creo que andaba calentándole la oreja para que me echara. Y Del Castillo un día apareció por allí y me ofreció un puesto mucho mejor: redactor del motor de Superdeporte. El sitio que muchos que llevaban años en aquella redacción hubiesen deseado. El anterior redactor se marchaba a una productora de Canarias. Como solía decir él: "a mí en el CEU me tienen que poner un monumento: 'Rafael del Castillo, colocador de periodistas' ". Acepté en cinco segundos. Claro, ya os podéis imaginar cómo iban a saltar las chispas. Eso lo contaré en la siguiente entrega.

18:16:10 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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