27 de octubre de 2008
Cojoncillos
Tan felices en la burbuja y tan asustados ahora. Me da pena leer en mi blog comentarios como el siguiente:
Soy lector asiduo de tu block Alberto. No me canso nunca. La verdad es que estoy acojonado, tengo casi todas las papeletas para perder mi puesto de trabajo a final de año o antes. La clave: no hay dinero. Y conmigo van otros compañeros detrás. Esto empezó a principios de año. Hubo dos oleadas de despidos antes del verano, y me salvé. Pero creo que en la siguiente no. Y cuando veo las colas del Inem se me pone el estómago que se me quitan las ganas de comer. Llevo dias sin dormir. A veces creo que me voy a volver loco, tengo la mente bloqueada y la autoestima por los suelos. Espero que la próxima comentario que escriba sea menos triste.
Querido amigo: espero que no acabes de baja y en la calle por haberte cagado antes de tiempo.

En el año 2003 me quedé yo en el paro y estuve también buscando. No había "psicosis" de crisis y los triunfadores se prodigaban por doquier. Creo que recordáis aquellos años, todo eran emprendedores por aquí y por allá. Y mientras tanto, yo compraba productos Hacendado, pollo del barato y nada de pescado. Con menos de 50 euros tenía que pasar la semana. Esto cuando tenía trabajo, luego acabé en casa de mis padres.

Durante tres o cuatro meses, estuve mandando currículums a cientos de empresas. Preparé un dosier con mis mejores artículos periódisticos y lo mandé a todos los periódicos habidos y por haber. A nadie le interesaba un licenciado en Filología Hispánica. Luego me centré en los institutos privados de toda España: a nadie le interesaba un ex periodista sin experiencia docente. Me presenté a ofertas de profesor de español en el extranjero: faltaba experiencia docente. Al final me presenté a unas para enseñar en institutos de Europa del este, para las que no había ningún requisito previo. Como sabía que mucha gente pediría lo más cercano, yo pedí San Petersburgo para tener más posibilidades. Salieron los resultados y las plazas de San Petersburgo habían desaparecido, las dejaron desiertas. No me quería absolutamente nadie en ninguna parte.

Tenía en aquel tiempo un amigo que me levantaba los ánimos. Nos íbamos a un concierto de los Mojinos Escocíos y me dijo: "tú ya pégate un tiro". Luego empezó a esquivarme porque no quería a un casposo parado ex periodista con él. Entonces, con 27 años la situación era inmejorable: sin amigos, sin novia, sin trabajo, sin un duro, haciéndome pajas en el ordenador de casa de mis padres. Esa fue "la forja de un burbujista".

¿Y me hundí, me amilané, arruiné a mis padres a base de psicólogos? Sólo me quedaba la quimera española por excelencia, lo que los americanos dirían "go west": presentarme a oposiciones. Compré un temario por internet a la editorial MAD y empecé a hacer resúmenes a mano. Eran siete tomos de 500 páginas cada uno, con una redacción que destilaba esa mediocridad con tufo a naftalina tan propia de los profesores de instituto. Trabajaba todos los días ocho horas: a las nueve me levantaba, me hacía un bocadillo de jamón mientras miraba la tertulia de "la mirada crítica", subía a la vivienda de mi abuelo muerto y sentado en una silla de escay, sobre una mesa apolillada, al lado del televisor en blanco y negro ya roto, resumía y memorizaba sin descanso. Para no gastar mi ropa buena, llevaba siempre el mismo jersey de lana y unos vaqueros raídos. De tanto rascarme los huevos tenía ya un agujero en la parte izquierda que me remendó mi madre.

Así pasó todo un invierno y una primavera. A principios del verano era el examen. Ya me quité el jersey y hasta me puse unos vaqueros cortos aún más viejos. En la azotea repasaba aquellos folios: el Cantar de Mío Cid, la fonética del español, las máximas conversacionales, la Generación del 27... Para reducir el riesgo al mínimo, estudié 67 temas de 72. Yo sabía que no necesitaba una nota alta, tan sólo aprobar y empezar a trabajar de interino. Sacar plaza directamente era imposible aunque sacase un 10, porque había luego una fase de concurso. Había que sacar dos bolitas, tenía más del 98% de posibilidades de acertar al menos una.

El 5 de julio me tocó ir a Valencia a examinarme. Allí en un barrio de drogadictos y fragonetas, en un instituto marginal, es donde me jugaría mi futuro. La gente, tan tranquila hablando por aquí y por allá, yo sudando y con un nudo en la garganta.

Repartieron los folios y sacaron un diminuto bingo de esos que les dan a los niños. El tío giró la manivelita y sacó la primera bola: "la expresión del grado, bla bla bla". Uno de los cinco temas que no me había estudiado. Segunda bolita: "el teatro: texto dramático y espectáculo". Un tema raro e incómodo que apenas recordaba. Me puse a escribir y escribir, que si los griegos, que si Sófocles, que si los autos sacramentales, que si la Comedia Nueva, que si la abuela fuma.

Luego venían los comentarios de texto: primero una especie de villancico medieval: los octosílabos por aquí, la rima asonante por allá, la metáfora, el paralelismo y la prosopopeya. Una mierda pinchada en un palo, y yo lo sabía. Se me escapaba la puta oposición: ¿otra vez a mandar currículums que nadie iba a responder? ¿Esperar otro año igual a que volviesen a salir plazas? ¿Meterse a albañil?

Salió el segundo texto, sin firma ni ninguna otra referencia: en cuanto lo veo digo: esto es una columna de Umbral en la contraportada de El Mundo. Me pongo a diseccionar la columnita del psicópata aquel: que si el doble adjetivo, que si la contraposición, que si la intertextualidad. Un admirador de toda la vida.

Y el caso es que la clavé: tres días después vi las notas: había suspendido los dos primeros exámenes por poco y la columnita de Umbral me había metido en la pomada. Trinqué apenas nada: un puestecillo como interino de sustituciones "ya te llamaremos".

Pero "apenas nada" era mejor que nada. Me puse a esperar en la misma azotea en aquel verano de 2004, con ZP prometiendo más y más vivienda para jóvenes, un futuro inmejorable para el país, un infinito anhelo de paz. Yo me tumbaba en la terraza y miraba de noche las estrellas. Con las primeras lluvias del otoño, empezaría una vida nueva lejos de allí.

Haced el favor, españolitos en paro: dejad el prozac, dejad los lloriqueos, dejad el metrosexualismo y poned un poco de cojoncillos, ¡¡coño!!

20:55:45 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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