18 de octubre de 2009
Good bye, Lenin
Está poniéndose interesante el tema del libro electrónico. Con la aparición del Kindle de Amazon ya se vio que había mucha gente interesada en dejar de ir a las librerías. A mí me pareció aquello el principo del fin de la industria editorial, pero el Kindle sólo se descargaba libros vendidos en Amazon, no podías meterle nada más. Ahora lo van a empezar a vender en España.

Se han vendido también muy bien los de Sony, que se enchufan al ordenador y aceptan cualquier formato. Muy interesantes los que acaba de presentar. Es una falacia que sean más caros que el Kindle, porque se supone que lo que vayas a leer será gratis y no de pago en la web de Amazon.

Y ahora sale el alemán Txtr, que está totalmente orientado a formatos libres y va a desarrollar incluso una comunidad de usuarios para compartir su material.

Yo me voy a comprar uno y seguramente me decantaré por el de Sony, porque aunque el concepto del Txtr es bonito, el aparato es caro y encima pesa bastante.

Como sé que alguno aún no ha pillado el nuevo concepto, lo explico: la pantalla de estos dispositivos no tiene nada que ver con la de los ordenadores, no emite luz artificial. Son bolitas microscópicas con un lado blanco y el otro negro que giran por impulsos electromagnéticos. A efectos visuales son exactamente la página de un libro, se pueden leer al sol y tienen una buena definición. Las pantallas las fabrica todas la misma empresa: Eink.

Y los amigos de la industria editorial, con esa visión de futuro propia de Rompetechos, preparan el meganegocio del futuro. Mejor estarían preparando su propio entierro, sin hacer tanto el ridículo. El libro electrónico para mí no es una nueva forma de leer libros sino un dispositivo cuya pantalla está optimizada para lectura de textos largos no interactivos. Esto significa que permite la lectura de novelas y otros textos propios del mercado editorial, pero con más razón permite la lectura de cualquier texto de gran extensión producido o difundido por internet.

La lectura interactiva, sobre la que tanto se ha filosofado, ya se sabe que entretiene mucho, promueve el papel crítico y activo del lector y desarrolla el buen diálogo entre emisores y receptores. Pero eso no significó el fin de la lectura pasiva, porque la interactividad exige un esfuerzo del que lee, y ese esfuerzo puede cansar o puede dificultar la concentración en profundidad. Sobre esto ya hablé hace un año (ir al final del artículo). Aparte está el cansancio de la vista ante las pantallas.

A lo que iba: si la lógica de la Red ha impedido hasta ahora el desarrollo del negocio de contenidos porque se han convertido los consumidores a su vez en productores de esos contenidos, esa misma lógica se aplicará a partir de ahora a los textos largos, y ni creo que se pueda cobrar por ellos, ni creo que se mantenga la idea de autor único (que es, en realidad, una entelequia), ni creo que sobreviva la figura del escritor profesional.

Tendremos también los blogueros que acostumbrarnos a ese nuevo poderío que vamos a tener. Habrá que hacer recopilaciones de contenidos, desarrollar tal vez algún programita nuevo, y sobre todo perder el miedo a escribir en largo. Yo no tengo problema, ya publiqué una novela de 520 páginas en mis años mozos.

Resumiendo, está claro que a internet le hacía falta una pantalla que no cansara los ojos, y ahora la industria editorial, siguiendo los cantos de sirena de la "tinta electrónica" o el "libro electrónico" se acerca inexorablemente al abismo del e-mule, del que no va a salir jamás.

19:34:37 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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