25 de diciembre de 2009
Lo que veremos en 2010
Bonito artículo de Joaquín Estefanía, uno de los patriarcas del periodismo del Régimen: "Secuelas: la década perdida". Extracto las frases más destacadas: "todo se inició como un asunto inmobiliario que parecía afectar sólo a unos cuantos bancos norteamericanos"; "ahora el escenario catastrófico de una implosión financiera prácticamente se desecha"; "La situación, cuando arranca la segunda década del siglo XXI, es la siguiente: se vislumbra el tránsito desde la recesión a una economía del crecimiento, con una peculiaridad: no se crean puestos de trabajo"; "casi nadie previó lo que iba a pasar"; "la economía es demasiado importante para dejársela a los economistas"; "Existe el riesgo de que las urgencias y las necesidades dejen en segundo plano otra estrategia central de nuestra época: la lucha contra el cambio climático".

Pongamos en contexto primero las inteligentes afirmaciones de este intelectual:Seguro que alguno de vosotros puede aportar más enlaces.

Si pudiese este señor verter más farfolla, tal vez vendida al peso podría reflotar el Grupo Prisa. Pero no voy a detenerme más en él, lo pongo como ejemplo de las dos grandes falacias socialistas del año 2009:
  1. El origen exógeno de nuestra crisis.

  2. Los signos de recuperación basados en cifras mientras cae el empleo y los beneficios empresariales.
Imaginemos de repente que tengo una potente motocicleta que funciona consumiendo gasolina. Voy lanzado sobre la cinta de asfalto caliente. De repente el flujo de combustible se detiene y empiezan las elucubraciones: mi parienta que va detrás dice que abra el gas hasta que la sin plomo 95 "vuelva a fluir"; yo entiendo que el depósito debe de haberse agotado, por lo que veo más factible añadir más gasolina, aunque no sé dónde conseguirla. Con el viento fresco en nuestras caras, a 120 por hora, parece lejana la posibilidad de encontrarse parado en el arcén por algo tan banal como una simple desaceleración hasta los 80 por hora. Pero lo cierto es que esa desaceleración sigue su curso y vamos ya a 60. Aquí truco yo el cuentakilómetros para que parezca que aún vamos a cien, no porque crea que evitaré el problema sino para mantenerme como conductor unos metros más. Mi parienta sigue empeñada en volver a dar gas, acelerar y no llegar tarde al restaurante que hemos reservado.

Al cabo de seis horas de darle al arranque, abrir y cerrar el tapón del depósito, ver a otros motoristas acabar igual que nosotros y saludar a unos pobres y míseros chinitos del tercer mundo que pasaban en su bici-taxi vengo a la conclusión de que la única forma de llegar, no ya al restaurante reservado sino a mi casa sano y salvo, es reconvertir mi moto en una bicicleta. Y pronto se hace evidente un hecho aún más terrible: no basta con añadir unos pedales, porque tanto los plásticos aerodinámicos como el grueso chasis de aluminio, como las suspensiones con duros muelles, como los neumáticos de gran sección están diseñados para altas velocidades, alcanzadas gracias a la gasolina, pero mi fuerza muscular sólo va a generar bajas velocidades, y eso si el peso se aligera lo suficiente. Y sin contar con el motor, que no habiendo gasolina es algo completamente inútil.

Realizada esforzada y dolorosamente la reconversión, pedaleo sudando y resollando por el arcén, hasta que me veo obligado a tirar a la cuneta mi precioso mono de cordura, mis botas con goretex, mis guantes Alpinestar y mi exclusivo casco réplica RR (Rodrigo Rato). Así, en camiseta y calzoncillos a 15 por hora saludo a los chinitos que me adelantan por la izquierda tocando el timbre. Detrás quedan varios cadáveres de motoristas que equivocaron su estrategia, buscando denodadamente un combustible que echar al depósito o empujando su inútil ferralla hasta caer rendidos.

Pero este cuento no es verosímil, no puede pasar en nuestra realidad económica, porque la gasolina que yo quemé no estaba obligado a devolverla a la gasolinera con un interés.

En algún momento de 2010 nos vamos a encontrar en el punto en el que se detiene nuestro vehículo y ponemos el pie en tierra. No hay nada que ninguno de los mecanismos de nuestro actual modelo económico pueda hacer para ayudarnos porque, no habiendo crédito, no son más que juguetes rotos. El sistema financiero, el más feo y mostrenco de ellos. Nos veremos abocados inevitablemente a un cambio psicológico que soltará todo el lastre progre: ni el feminismo, ni la mezcla de religiones, ni los derechos del inmigrante, ni el desfile de los gays van a significar absolutamente nada cuando la preocupación sea encontrar un paquete de garbanzos de hoy para mañana. Cualquier peso muerto va a ser desechado, incluyendo el 80% de las empresas que actualmente operan en España.

El Estado comenzará a mostrar signos inequívocos de su impotencia. La espiral de endeudamiento en la que se ha visto inmerso se detendrá y comenzarán los impagos. No se habrá producido nada nuevo, simplemente se habrá llegado al final del callejón sin salida en el que se entró en agosto de 2007.

La deflación seguirá su curso inexorable, por más que manipulen el IPC y devalúen las monedas. La M3, referenciada al valor del oro, seguirá su magmática contracción bajo nuestros pies. La resaca creará un dolor mucho mayor que el placer que antes proporcionó la pleamar. Y 2011 será aún peor.

Actualización:
Dos enlaces para ilustrar lo anterior:
Los ingresos del Estado caen un 47%

El Gobierno admite que el déficit es insostenible

13:35:36 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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