27 de abril de 2010
Gaspar Calzón
Estaba yo un poco obviando el asunto Garzón, sin fijarme mucho en las noticias que aparecen. Me aburren estas pequeñas querellas que venden como "peligros para la democracia" y sólo son entretenimiento para taxistas.

Pero de repente el sábado pasado pongo la televisión y veo en Madrid un hormiguero inmenso que llena las avenidas. Por un momento pienso que es un documental sobre 1931 pero en color. Pero no, es una macromanifestación de los sindicatos. ¿Protestan por el paro? ¿Van a arder las calles?

No, amigos, no protestan: se manifiestan en apoyo de Baltasar Garzón de cara a las causas que tiene abiertas en el Tribunal Supremo.

Y a mí esto me pareció la quinta esencia de la españolada: luchar contra una sentencia judicial que no se ha producido, por si acaso se produjera en contra de nuestros deseos. Allí estaba la intelligentsia de la ceja: José Sacristán, Pedro Almowobah, Pilar Bardem, etc. Las fotitos de Lorca y del abuelo anarquista.

No hubo esas manifestaciones cuando se amnistiaron todos los crímenes pretéritos, rojos y blancos. Ahora que la ley está en su contra es cuando vienen las pancartas.

No voy a decir si estoy en contra o a favor de Garzón. Por un lado es evidente que hace política desde la judicatura. Por el otro lado, coincide la apertura de esas causas con la de otra causa llamada Gürtel, y eso deja vergonzosamente claro el control que tiene la partidocracia del poder judicial.

Aparte de eso, me resulta de lo más cómica la fe que ponen estos intelectuales en el "esclarecimiento" de los crímenes del Franquismo. Oiga: ahí tiene a Santiago Carrillo, sobre el que pesan más que indicios acerca del genocidio de Paracuellos. A ese no le preguntan nada. Van a ir a buscar las vergüenzas del otro bando y pueden encontrar las propias.

Yo cuando estaba en la facultad, allí con los progres intentando adoctrinarme, llegué a creerme el cuento: una arcádica II República, remanso de paz y democracia, fue violentada por golpe militar que sumió al país en una negra dictadura.

No hay más que leer la serie del Laberinto Mágico de Max Aub para darse cuenta de que algo no cuadra. Cuando un socialista con carnet del PSOE echa más pestes de los anarquistas que del supuesto enemigo, algo no cuadra. En palabras de Aub, la República pierde la guerra porque los anarquistas quisieron hacer la revolución dentro de la guerra.

La CEDA, la CNT, la FAI, el Frente Popular, todo esto eran hermanitas de la caridad.

Si leemos a Stanley G. Payne, el PSOE en el año 33 era la kale borroka pero con varios muertos diarios. Quema de iglesias y conventos, huelgas salvajes, pistoleros, ocupación ilegal de tierras, matanzas de monjas, el asesinato de Calvo-Sotelo por parte de la misma policía. Y Azaña callando, mintiendo, censurando, mirando para otro lado, luciendo su buen talante. Carrillo por el otro lado, puño en alto y vitoreando al "gran Stalin". La Pasionaria, Baroja se cagaba en los calzoncillos nada más oirla hablar.

¿Qué esclarecimientos quieren los de la ceja? Firmaron la amnistía porque creían que les iba bien. Ahora quieren reabrir esas causas con un juez estrella que se quiere saltar las leyes. Y con pancartas se saltarán las sentencias del Supremo. Mientras tanto, su gran líder quemando las naves del Estado.

Alberto Noguera
Mi abuelo Alberto Noguera Roselló estuvo en la guerra. Había nacido en 1907, por lo que ya le pilló maduro y perfectamente lúcido. Era labrador propietario, de buen pasar, y tenía carnet de la UGT. Se alistó en los guardias de asalto antes del alzamiento del 18 de julio porque sabía que la chusma de leva sería reclutada a la fuerza y llevada a la línea de fuego.

Estuvo primero por la zona de Valencia y luego en Barcelona. Trabajó protegiendo a un cargo político de la República.

Cuando estuvieron en Barcelona, allá en el 37, este señor fue convocado a una reunión con los anarquistas, y le dijo a mi abuelo que no lo acompañara en esa ocasión. A mi abuelo le pareció raro porque siempre lo escoltaba. Estuvo paseando durante la mañana y por la tarde le informaron de que su jefe había sido asesinado por los anarquistas.

A partir de ahí, era tal el vacío de poder que mi abuelo iba más bien por libre, con su casaca gris y su fusil.

Estaba alojado, tal y como le mandaron, en casa de un rico burgués de Barcelona, que le daba por supuesto muy bien de comer por la cuenta que le traía. A diferencia de otros anarquistas, que destrozaban las casas, violaban a las hijas y lo dejaban todo hecho una porquería, mi abuelo comía educadamente y conversaba con aquel hombre. Se enteró de que su hijo estaba preso en una checa. Entonces, con riesgo de que lo tomaran por colaboracionista, mi abuelo fue a la checa y negoció la liberación del muchacho con veladas amenazas hacia aquellos siniestros personajes sanguinarios y alpargateros.

Su anfitrión, lógicamente, le dijo que estaba en deuda con él, y le prometió que si necesitaba su ayuda después de perder la guerra (cosa segura) que lo buscara.

A partir de ahí, la República se caía a trozos. Los políticos seguían con su propaganda, hablando del triunfo inminente, de las victorias republicanas, lanzando a la muerte a toda una generación joven e ignorante. En esos días vio algo que lo dejó marcado: en el sitio de Barcelona, último reducto republicano, ellos atraparon a algunos fascistas. La idea era cambiarlos por sus propias vidas para escapar hacia Francia. Los pasaban a una sala contigua, pero antes los obligaban a retractarse de sus ideas. La mayoría lo hacían, pero alguno decía: "yo fascista he nacido y fascista he de morir". Y allí mismo les daban muerte como a perros rabiosos. Lo más acojonante era, obviamente, que la guerra la tenían ganada, en cuestión de días los liberarían.

Siguió la agonía su curso y quedaron ya muy pocos milicianos en un cuartel, con las tropas franquistas a escasos metros. Estaban buscando una forma de escapar de allí, cuando se subió un cabecilla a un tonel: "¡camaradas revolucionarios, moriremos con las botas puestas, derramaremos nuestra sangre...!". Sonó un tiro y cayó como un trapo al suelo. "Señores, vámonos a casa". Mi abuelo sabía que Carrillo y sus secuaces habían ya salido del país, a comerle el culo a Stalin.

Los subieron a un tren de ganado, dirección a Francia. Sobre este exilio se ha hablado en varios documentales. Mi abuelo no quiso seguir hasta Francia, según decía porque las caras de aquella gente no le gustaban. Las caras eran de asesinos, de terroristas fanáticos y sanguinarios. En los documentales salían lloriqueando sobre "lo mal que nos trataron los franceses". ¿Cómo había que tratar a la gente que había liado la que había liado? Mi abuelo saltó del tren con otro compañero y casi se matan. Los que siguieron adelante acabaron, como ya habréis supuesto, en Matthausen.

Volvió a través de los Pirineos, por caminos rurales, hasta Barcelona. Muchos ex combatientes eran atrapados por los fascistas y ejecutados directamente. Otros acababan en la cárcel después de arrastrarse por las carreteras. Buscó a su contacto y el hombre cumplió su promesa, le dio un buen traje y un fajo de billetes. Volvió mi abuelo en tren de primera clase, con el uniforme en la maleta y con un ejemplar de La Vanguardia que aún conserva mi padre. Siguió en sus tierras y no tuvo problema con nadie.

Tengo claro que mi abuelo salvó el cuello por hacer dos cosas: 1- No hacer ni puto caso de lo que dijera ningún político. 2- Huir en todo momento de la masa aborregada.

Por eso no me importa nada lo que diga José Sacristán.

13:06:59 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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