31 de julio de 2010
Alps Road Trip I
Dentro de las rutas moteras de abolengo figuran en lugar destacado los Alpes. Es un viaje de grandes paisajes pero también de trazados revirados como los de un circuito. Yo después de mi periplo por Escocia quería algo por el extranjero pero menos costoso y sin montar en ferry. Encontré la crónica de uno que se las echaba de gran experto, y tanto entusiasmo le puso que me decidí por irme para allá.

Para no volver a mendigar Bed & Breakfast o llegar a las doce de la noche a los hoteles, planifiqué con Google Maps cada etapa y reservé todos los hoteles, de la cadena Ibis. En total, unos 3.800 km. en siete días, pisando cinco países y subiendo doce puertos de montaña.

La primera parada era Girona, la noche del lunes 19 de julio. Para llegar hasta allí, no había más que levantarse tempranillo, desayunar fuerte, meterse en la autopista y a la altura de Tarragona desviarse para ver el interior de Cataluña.

Todo esto, por supuesto, si la noche antes te dejan dormir. El domingo acababan las fiestas de mi pueblo y los chavalotes decidieron agotar las existencias de cohetes en la calle que da a mi dormitorio. Así se hicieron la una, las dos y las tres de la mañana, momento en el que ya tenía los cojones escocidos y, sin haber pegado ojo, me duché, me vestí, desayuné, cogí el equipaje y salí por la carretera general como aquel jinete de los romances de Lorca.

Fue una noche rara y sonámbula. A veces te encontrabas alguna furgoneta que iba haciendo eses del arcén al carril contrario. Otras veces venía de cara un tío con las largas. Paré en Oliva a sacar dinero de un cajero. Me dio luego una moscarda en la visera y estuve escupiendo y frotando. Luego las luces de los coches parecían una discoteca de Ibiza.

Ya pasando Castellón comenzó a clarear el día y me fui encontrando cada vez más camiones. De Benicàssim a Tarragona, la carretera general es toda un puticlub, con vertederos de neumáticos, casuchas desvencijadas, bares de carajillo y tenderetes de naranjas robadas. Aquello no sé si es Costa Brava o Costa Chapera, hay muchos pinos y polvo en el asfalto. En los poblachones se habla un castellano albaceteño con las jotas arrastrando y siempre hay algún maromo con chanclas y camiseta de imperio que se te queda fijamente mirando. A partir de la central nuclear de Vandellós me desvié por carreteras secundarias.

Paré a echar gasolina, hablé en valenciano y enseguida me cambiaron al castellano.

Estuve comiéndome el bocadillo que llevaba y subí hasta la sierra del Montserrat.



Ya en la bajada empecé a despejarme. Pasé por Manresa y volví a echar gasolina cerca de Vic. Allí otra vez la vieja se niega a hablarme en catalán y cambia al castellano. Para ellos el valenciano es un dialecto de mierda acastellanado y vergonzoso. Parece como si dijeran: "mira muchacho, habla castellano y no te ridiculices más". Yo nací en el pueblo de Joanot Martorell, cuya segunda mujer era del mismo Pedreguer, y a cinco kilómetros del de Ausiàs March. ¿De qué cojones va esta gente?

Aquí la potente y aromática industria catalana de la butifarra:



A Gerona llegué a eso de la una del mediodía. Conecté el GPS y, entre atascos kilométricos, llegué al hotel Ibis. En la recepción, una muchacha extranjera con las gafas gruesas. Haber llegado hasta allí sin pagar ningún peaje se merecía una siesta pantagruélica. Me quité el equipo, me quedé en calzoncillos, me tiré en la cama y me dormí enseguida.

Me despertaron unas voces en francés. Una señora avanzaba por el diminuto pasillo. Me incorporo para ponerme las gafas y los dos salen pitando. La de las gafotas había vendido la habitación dos veces. Vuelvo a dormirme y entra mi amiga. Nuevamente me incorporo, le enseño el correcto número de habitación y se larga. Tercera siesta hasta la hora de la cena. Me pongo la ropa, bajo al restaurantito, me clavan 20 euros por dos lonchas de lomo Hacendado casi quemadas, me subo a la habitación y me vuelvo a dormir.

12:55:43 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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