2 de agosto de 2010
Alps Road Trip II
El segundo día me levanté a las ocho, desayuné pa amb tomaca (i pernil) y pillé rápidamente la autopista en dirección a Francia. Aquí sí que pagué algún peaje porque no quería que se me hiciese tarde. Enseguida noté la diferencia entre el conductor español, que acelera cuando lo estás adelantando, y el francés, que te deja pasar. En la patria de Caín muchas veces hago como si quisiera adelantar por el arcén, y cuando el tío se cierra pisando la raya es cuando paso por la izquierda. Creo que la tan cacareada ilustración que no ha habido en España consiste básicamente en guardarse las bajas pasiones para cuando hay Revolución y no para el día a día. Me queda totalmente claro, por lo que vi en Alemania y lo que ahora he visto en Francia, que la inversión más rentable es siempre la educación, no hay sin ella ninguna posibilidad de progreso real.

Pasé por los pueblos del Languedoc-Rosellón y luego por la Provenza. No creo que haya un país en el que se viva como en Francia, con una comida de primera, vinos y quesos hasta hartarse, un clima más fresco que el español, una economía casi al nivel de la alemana, jubilaciones a los 60, y sobre todo una gente tranquila y amable. No hablo de sexo porque luego dicen que me hago pajas.

Una de las cosas llamativas es la casi total ausencia de coches de gama alta. El francés es un tío que no farda de coche, lleva un Peugeot medianillo o un Citroen C4. El farruquito en su ciclomotor trucado o el barrigudo del palillo en su Mercedes son más personajes de opereta hispana.

Algunos guardan aún el 2CV para ir a hacer reparto.



Estuve luego rodando por unas preciosas carreteras de asfalto perfecto y poco tránsito, a veces entre montañas y a veces entre inmensos viñedos.



Hacía un calor africano, me quité la chaqueta, los calcetines, me cambié los vaqueros por pantalones cortos, pero seguía sudando. El culo se me pegaba al asiento, paraba más veces para comprar botellas de agua fría que para echar gasolina. Poco a poco iban apareciendo montañas cada vez más altas. Aún me quedaba fruta y un bocadillo de casa y estuve comiendo sentado en un banco de un pueblecillo.

Pensaba que amainaría el calor según avanzara la tarde, pero seguía apretando. Quería llegar al Coll de la Bonette, la carretera más alta de Europa, y luego tirar hacia Briançon a dormir allí. En Jausiers, que es el pie de puerto, paré en un restaurante con gasolinera y me compré otro bocadillo de jamón con mantequilla. Lo metí en la bolsa y comencé a subir.



Al principio, todo muy normal, la carretera empinada y revirada, y el asfalto algo gastado ya. Los nubarrones se cerraban a mis espaldas.



En cada kilómetro te indican altitud, pendiente y kilómetros que te quedan. El desnivel desde Jausiers a la cima supera los 1.500 metros.



Empieza pronto a hacer fresquillo y decido volverme a poner los vaqueros por si acaso. Aparecen los típicos abetos propios de otras latitudes.



Comienza la carretera a estar mojada. Lo que llevo subido ya supera a cualquier puerto de esta zona, pero aún no llego a la mitad, en total son 24 kilómetros.



A partir de los 2.000 metros se acaban los árboles y empieza la tundra, empiezan a verse los primeros restos de hielo. Yo paro y me pongo la chaqueta.



De repente me encuentro un rebaño de miles de ovejas que está cruzando la carretera. Por suerte se apartan.



Cada vez veo más cerca los restos de hielo, que supongo que en décadas anteriores debía cubrir toda la montaña durante todo el año.



Los de la autocaravana no tengo ni idea de por dónde entraron:



Cuando creo que ya estoy en la cima:



La base militar que construyó Napoleón III en el XIX.



El hielo está a pie de carretera. Ya me he puesto los guantes hace rato.



A unos 2.500 metros aproximadamente el clima se vuelve completamente inestable, hace sol, llueve, nieva, sale el arco iris. Y me quedan aún kilómetros hasta arriba.



Sigo dando gas, aunque la moto ha perdido bastante potencia, y en el último tramo acabo pisando nieve.





La T-Max estuvo allí:



Decía el motero aquel de internet que a esa altitud le costaba respirar. Yo no notaba nada. Me saqué el bocadillo y me lo estuve comiendo ante las moles alpinas. Como decía Zaratustra: cuando tú miras al abismo, el abismo también te mira a ti.



Empezaba a caer la tarde y el aguanieve aconsejaba emprender el descenso. Tenía todavía que llegar al Ibis de Briançon a pedir que me descongelaran una lasaña de espinacas. Pero antes de eso, el padre de todos los descensos, con ríos de ovejas incluidos que aparté pitando y gritando como un Marcial montañés. Nunca olvidaré La Bonette, como supongo que nadie lo ha podido hacer, ni el mismo Napoleón III.



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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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