22 de agosto de 2010
Alps Road Trip IV
El cuarto día me tocaba el plato fuerte, con la subida a los puertos moteros más famosos de Europa: San Gottardo, Sustenpass, Grimselpass y Nufenenpass. Luego meterme en Francia y llegar a Annecy a través del Col des Aravis.

Desayuné un bocadillo que me costó unos diez euros, compartiendo mesa con un padre que iba con sus dos hijos y otro viejo que apareció después. Hablé luego con las muchachas de recepción y me aseguraron que no habían cobrado nada en la tarjeta, que sólo habían bloqueado el dinero. Tal vez podrían explicar por qué se bloquea dinero en la cuenta de alguien que ya ha pagado en efectivo, pero no tenía ganas de comeduras de tarro, así que cogí los bártulos y me largué.

Locarno seguía como el día anterior: un pueblo que quiere ser pijo, que tiene varios camping, infinidad de restaurantitos y un ambientillo un poco pretencioso. No tengo nada en contra de estos pueblos, pero si quiero pijerío me voy a Jávea.

Viendo el etapón que me esperaba y la experiencia del día anterior, cogí la autopista y llegué pronto a los pies del San Gotardo, puerto difícil de olvidar por el empedrado, las curvas de herradura superpuestas y el ambiente fantasmagórico. Había que subir realmente despacio porque había lloviznado en la madrugada.






Me dejé caer luego hasta Andermatt y emprendí la subida al Sustenpass. Este es un puerto con asfalto de circuito, se quedaban cortos los 48 CV de la T-Max. Hay unas rectas larguísimas y con buena visibilidad. Venían detrás de mí dos con unas Harley con motor de camión y no pudieron pillarme. Lo malo de tanto dar gas es que no eché ninguna foto.

Tanto este puerto como el siguiente creo que superan en dificultad a los franceses, aunque no se ven ciclistas por allí. Creo que ni los del Tour tienen narices de subirse eso.

Ya en la cima, hace bastante fresco y suena el agua del deshielo de los glaciares.

Había un tramo al principio de la bajada que entre el asfalto y el abismo no tenía más que unos piloncillos bajos. Paré la moto y me senté con los pies colgando.



Los domingueros alemanes pasaban de vez en cuando. Esta gente que en la música se viste de gótico, en las motos se viste de Hell Angel con el manillar allá arriba. Yo soy más de Steve MacQueen.

El descenso del Sustenpass se me hizo realmente largo, con infinidad de tunelillos y coches que tuve que adelantar. El paisaje era bonito pero no me paré demasiado.



Paré en un pueblo llamado Innertkirchen, que significa "dentro de las iglesias". Uno de esos pueblos inaccesibles y de gente cerrada. En un supermercadillo compré una ensalada de pasta, un par de sandwich y un bote de palomitas. La muchacha, gorda y fea, me mira con desprecio. La inferioridad de mi raza no le debe permitir mirarme a la cara.

Lo meto todo en la bolsa y enfilo la subida al Grimselpass. Aquí me encuentro un chorro de moteros de esos de ciudad que no saben trazar las curvas. Me hacen tapón pero luego en las rectitas quieren dar gas. Al final paso a uno por fuera en una curva ancha, le meto la rueda a otro en una frenada y el tercero ya se aparta. Seguí luego adelantando a tíos de esos que van con una chopper y la mochila, el otro que lleva a la parienta en un butacón, alguno jovencillo con una GS 500. Me intentan seguir luego unos que van con touring de esas no muy deportivas, pero se van quedando.

Cuando llego arriba, echo foto de la presa. En invierno se tiene que helar el agua esa turbia y alguno que sea aventurero cogería unos patines y se haría kilómetros por ahí entre los acantilados.



Yo simplemente emprendo la bajada. Mis amigos de las touring, que habían parado un poco más adelante, salen al mismo tiempo que yo y me vienen en persecución. Pero, obviamente, si no pudieron seguirme en la subida con motos de más de 100CV, malamente podrán en la bajada, así que pronto desaparecen del retrovisor y a veces me los veo allá arriba pegándome miradas. Hay luego uno con una trail que quiere engancharse a rueda, pero cuando las curvas son algo más anchas le doy más caña y lo deja estar también.

Me meto luego en una carretera secundaria para subir el Nufenenpass. Acaba de llover y está el asfalto mojado, así que voy despacio. No hay nada de tráfico. El hecho de que por aquí no se meta ningún motero demuestra que no van a ver paisajes sino a darle al gas. Y se los deja detrás un escúter, qué vergüenza.

El Nufenenpass es un puerto bonito, pero no destaca en nada. Ni es el más alto, ni tiene las mejores curvas, ni tiene empedrado. Es como esos jugadores de baloncesto que miden 2,05 y parecen medianillos cuando están con los de su equipo. Este puerto es más para subírselo en bici.







Cuando estoy casi abajo, me paro en un banco que hay con vistas a un pueblecillo y me como las viandas, que eran caras y de calidad mediana. Se ve abajo esa Suiza pulcra, ordenada y fiable. Cuanto más mangante se es, más se cuida el aspecto externo. ¿Esta gente que te mira de costado a qué debe su prosperidad? Allí no se vive ni de los relojes de cuco ni del chocolate, Suiza lo que produce es evasión fiscal de los países vecinos. De los impuestos que dejan de pagar los chorizos de mi país ellos tienen sus cochazos, sus grandes casas, sus calles limpias y esa idea de superioridad. Y suele ser un rasgo característico de los paraísos fiscales el darse en países de broma, que no tienen lengua ni cultura propias. En Suiza hay italianos, alemanes y franceses, pero ser suizo no es ser nada. Nadie habla el suizo porque no existe.

Es el caso contrario de Cataluña, que tiene lengua y cultura pero que paga 15.000 millones al año de parias a Castilla.

Quería tirar los envases en algún contenedor y no encontré ninguno en varios pueblos. Una gente que pone candados en los contenedores de basura no puede ser de fiar.



Ya cayendo la tarde procuré darme prisa y no eché más fotos. Hasta Annecy tenía bastantes kilómetros por delante. Al principio todo bien, aunque empezaba a haber tráfico. Fui atravesando pueblos y más pueblos sin preocuparme demasiado de la velocidad. Luego empezó a lloviznar y no quise ponerme el mono de agua, aunque sí los cubrebotas de látex. Y así, cuando se puso a llover de verdad se me mojaron los pantalones. Ya me estaba acordando de Escocia y de lo putas que las pasé con tanta agua. Paré en una gasolinera a quitarme los pantalones y tan harto estaba que me quité también los calzoncillos mojados y el que se asuste que no mire. Con calzoncillos y camiseta secos, el mono de agua puesto y la chaqueta entre las piernas subí el Col des Aravis, que tiene muchas vacas por allí pastando y unos pueblecillos que el vaho de la visera no me dejó ver muy bien. Tenía, después de todo, su atractivo el paisaje lluvioso, aunque en un túnel totalmente ciego se metió la rueda delantera en una grieta y cuando tiré a sacarla me patinó un poco y me cagué.

Antes de Annecy dejó de llover. Llegué al hotel, que era demasiado viejo aunque por lo menos tenía restaurante, me puse los otros vaqueros y bajé a cenar. Me sacaron unos ravioli con unas gotitas de aceite de oliva que parecían insípidos así a la vista pero que luego fueron un manjar, cada uno estaba relleno de un queso diferente, a cuál mejor. Como ensalada, unas hierbas de montaña que en lugar de aceite llevaban mostaza y que también estaban buenas. Vi la tele un rato, me acosté y me dormí como un tronco. Lo importante del viaje ya estaba hecho.

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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