6 de septiembre de 2010
Alps Road Trip V
Mucha gente hace la vuelta de los viajes por la autopista a toda pastilla, para ahorrarse una noche de hotel. Yo los viajes por carretera los procuro hacer sin "vuelta", simplemente viajando hasta completar el círculo. En este caso, quise conocer la campiña francesa, uno de los lugares más agradables que he visitado. Es una infinidad de pueblos llenos de vida, de gente educada, de aire fresco y oxigenado, bosques, trigales, pastos y carreteras vacías que nunca se acaban. Había cambiado el tiempo y hacía fresco. Tuve incluso que montarme el forro de la chaqueta.







El rollo simpático español es un poco para "sacarle la pasta al turista", siempre un servicio interesado. La educación francesa se da en todo momento y es producto de la ilustración. Paré en una farmacia a pedir unos productos que necesitaba. Había utilizado el traductor de Google y lo había traducido mal. Tanto el farmacéutico como la muchacha que lo ayudaba fueron una maravilla y allí no había turismo de ningún tipo.

En Francia todo el mundo camina despacio y con buena cara. Paré a echar gasolina en una especie de cooperativa de piensos y salió una mujer morena y reseca, con las caderas anchas, pisando las briznas de paja que el viento había esparcido. Me echó la gasolina como si te pusieran Dom Pérignon en Versalles. Seguí camino atravesando pueblos sin ningún radar y sin ningún badén.

Llegué a Brez, donde iba a hacer noche. Harto ya del chantaje de los congelados Ibis, salí a ver qué había por el pueblo. Encontré enseguida una hamburguesería en una callejuela y pedí una de tres quesos. La muchacha se puso muy nerviosa al servirme, yo creo que las francesas fantasean con el macho ibérico. Me volví a la habitación y estuve mirando la calle.



La hamburguesa, la mejor que he probado: el pan redondo pero francés, con corteza dura, la carne de ternera alimentada con pasto y los tres quesos una maravilla. Ahora mismo pagaría 20 euros por comerme otra aquí, aunque sólo me costó seis.

Tenía mucho camino la mañana siguiente y poco me entretuve. Era sábado y el pueblo despertaba lentamente. Ver a gente de veinte años caminar por la acera con su barra de pan recién comprada sorprende a quien vive en la Meca del discomóvil.

Antes de irme quise echar unas fotos a la catedral, que es modesta pero le da solera al pueblo.






Tenía que dormir en Andorra, así que tiré para abajo sin más demora. Fue un día con tráfico y algo triste. Creo que la soledad me está cansando. Comí unos sandwich de gasolinera que estaban mejor que muchos menús de restaurante español. Me los comí en una especie de mina a cielo abierto, con una arena roja y una grava prensada que me invitaron a hacer la idiotez más grande de todo el viaje: avancé inconscientemente con la T-Max como si me quisiera ir al París Dakar. En algún momento casi me quedo atascado, pero buscando las zonas donde crecían hierbajos pude dar la vuelta y salir. Estas cosas no me preguntéis por qué las hago, una vez en el colegio me dio por hacer equilibrios en una barandilla y la maestra casi me da dos bofetadas.

Acercándome a Andorra tocaba subir el puerto d'Envalira. No le saqué mucho provecho porque había tráfico y pensaba en cruzar la frontera antes de que cayese la noche, porque llevaba la luz fundida.



Andorra es otro país avanzado gracias a la superior inteligencia de sus habitantes. Eran dignas de ver las colas de merluzos que subían desde Francia o España sólo para echar gasolina cuatro céntimos más barata.



El puerto estaba brumoso y solitario, me tiré para abajo con ganas de llegar pronto al hotel, quitarme los zapatos y descansar.






Antes de eso, la gran banca andorrana, la pujanza de este dinámico país.



Después saqué el GPS y estuve intentando llegar así por aproximación. Más de dos horas estuve porfiando, pero todos los caminos llevaban a ninguna parte. Urbanizaciones que se cortaban abruptamente, carreteras que querían salir del país. No atinaba con el hotel, aunque me lo marcaba a menos de medio kilómetro. No veía nada. En un momento acabé en un camino de tierra en un risco infame, el GPS indicaba que mi objetivo estaba a 200 metros, pero no veía absolutamente nada. Empecé a pensar que había anotado mal las coordenadas y tuve que preguntar a un matrimonio que se subía a un coche. Me dijo la mujer que el hotel estaba ciertamente en aquel barranco, aunque no se pudiese ver. Me dijeron que les siguiese y ya pude llegar. Cené bastante bien por unos 20 euros y me acosté pronto.

La última etapa tuvo poca historia. Atravesé la meseta norte por carreteras nacionales, pasé por la comarca de la Noguera, que está muy vacía. Lleida tiene mucha miseria y decadencia. Los hijos de putita que van a Andorra a matricular el coche para ahorrarse unos durillos son también algo folclórico. A mí Cataluña no me ha impresionado demasiado, si se creen que están igual como Francia se equivocan. El País Vasco es también mucho más rico. Mi hermana vive en Barcelona desde hace siete años, es profesora de catalán, y parece que está muy a gusto. Yo no creo que me mude allí.

Llegué a Teruel por el puerto de Sant Just, carretera vacía y casi alucinatoria. No te cruzas absolutamente con nadie y llegas a creerte que estás en un videojuego. A partir de ahí, para que no se hiciese de noche porque iba sin luz, cogí la autopista y llegué hasta aquí.

22:36:31 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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