17 de diciembre de 2011
Las idioteces del orientalismo
De toda la vida me acuerdo que hablábamos del karate como si fuese algo del otro mundo. Que si el cinturón negro, que si los ninjas, yo te hago una llave. Recuerdo una vez que mi padre me dijo que el boxeo era la técnica de lucha más poderosa, por encima de todas las orientales. Yo esto no me lo creí, desde luego, y siempre pensé que si tú pegas con piernas y brazos siempre harás más que sólo con los brazos.

En esto que una noche antes de ver La Noche del Boxeo de Marca TV me dio por buscar vídeos en Youtube sobre combates entre boxeadores y taekwondistas. Primero di con este vídeo, que ya dejaba la cosa bastante clara, pero sobre todo me acabó de convencer este otro:



No voy a ponerme ahora de experto en técnicas pugilísticas, aunque no me pierdo ningún viernes el programa de Jaime Ugarte, pero parece claro que el boxeo trabaja mucho mejor la defensa, usa los pies para apoyarse y desplazarse (que es para lo que están hechos) y ataca la parte más débil que es la cabeza. El boxeo, comparado con el karate y otras mandangas, es simple y efectivo.

Y esto me ha llevado a reflexionar sobre todas las chorradas esas del Tai-Chi, la acupuntura y los siete chakras. Parece que los orientales son muy dados a ir complicando las cosas, a ir sumando complejidad, para que luego todo junto no sirva para nada. Su alfabeto es un buen ejemplo. La cultura occidental es superior porque tiene la creatividad de lo simple, cosa que sólo puede lograrse con una personalidad fuerte. En Oriente las personalidades fuertes están muy mal vistas y toda su inteligencia pronto queda en mediocridades. Por eso Occidente gana el combate, por eso mete allí sus fábricas, su informática y su cultura popular, porque tiene el suficiente carácter para ser innovador y porque sabe lo que vale la simplicidad.

Y en este año nuevo me voy a apuntar yo a un gimnasio a aprender el noble arte. Estoy en el peso crucero, a ver si puedo bajar al semipesado.

18:30:57 ---------------------  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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