27 de junio de 2017
La literatura femenina
Javier Marías publicó el domingo un articulillo flojo y sin mucha fuerza sobre algo que es evidente para casi todo el mundo: hoy en día en el mundo literario, tanto en periódicos como en universidades e incluso institutos, se les da bombo y platillo a autoras de segundo o tercer rango cuyas obras no resisten una comparación con las de los hombres.

Marías, por miedo a lo que le fuesen a decir, se ha dedicado a elogiar a no sé qué autoras inglesas, que yo no he leído. Y tal vez por esta timidez, por esta falta de contundencia, pues se han tirado a por él los tuiteros, como suelen hacer. Han ardido las redes, ha venido el apocalipsis y ahora ya ha remitido el temporal y los justicieros andan buscando otro objetivo.

Marías tiene toda la razón en que la gente ya ha aprendido a saltarse las reseñas de novelas de mujeres. Cuando abren el suplemento de turno se encuentran a "la nueva Raymond Carver" o a una genia de cuentecillos chorra o novelitas de papel de fumar y directamente lo saltan. Esto lleva así mucho tiempo y puede que al final las quejas sean justificadas, porque los lectores han desarrollado un cierto escepticismo ante las nuevas promesas femeninas. Yo, al menos, lo he desarrollado.

No sé cuántos años hace que apareció triunfante aquella promesa meteórica de la novela femenina llamada Espido Freire con sus Melocotones helados. También recuerdo a aquella supernova que eclipsó al mismo Jaime Bayly llamada Mari Pau Jané. O a aquel promesón multiétnico llamado Asha Miró. Y aún recuerdo otras caras más, aunque no sus nombres. No he vuelto a saber más de estas señoras. Parece que hay, entre las grandes promesas del futuro de la literatura femenina, una alta rotación.

Luego hay otras que sí que se mantienen y tienen sus lectores y venden sus libros a lo largo de los años, como son Elena Poniatowska, Almudena Grandes, Isabel Allende, etc. Éstas parece que se esconden de esos elogios inflados para no caer en el mismo saco que las otras.

Yo he leído muchas novelas de mujeres, casi todas por obligación en la facultad, y ninguna me ha gustado ni me ha llegado a interesar. Lo mejor que puedo decir es que se dejaban leer. Hice incluso una asignatura completa de novela femenina, a cargo de una feminista de pelo rojo, y leí diez o doce novelas latinoamericanas de las grandes promesas del futuro de las que luego no he vuelto a saber nada. Las leí en fotocopias porque era imposible encontrar sus libros a la venta en España. Al menos descubrí a Poniatowska, que sí que me interesa, y a una tal Marta Traba, que al menos se dejó leer.

Había en los cursos de esta feminista poetisas de la talla de Delmira Agustini, Alfonsina Storni y la cejijunta Frida Kahlo, de las que no he vuelto a saber nada.

En los institutos, el tema de la literatura femenina se ha solido tratar en el día de la mujer, con cartulinas que se van pegando por los pasillos, destacando a estas "grandes olvidadas" y diciendo que eran lo más, pero que no las dejaron escribir, porque cada vez que iban a coger un lápiz aparecía una mano negra machista heteropatriarcal que se lo arrebataba. Luego esto lo pasaron a las lecturas obligatorias, donde había que examinar a los alumnos de Como agua para chocolate y otros libros femeninos. Yo a esto me vengo negando en los últimos años, hasta el punto de haber tenido que presentar una programación alternativa. Este año hemos leído en 4º de la ESO a Baroja, Cela y Umbral.

El libro de texto de 4º de la ESO de la editorial Sansy es particularmente vomitivo en este aspecto, está organizado por cuatro feministas que han plagado las páginas de poesías y textos mediocres y malos de mujeres, que quedan completamente en ridículo al lado de Lorca o Juan Ramón Jiménez. Luego se pasa el tiempo ensalzando a grandes filósofas e intelectualas llamadas Rosa Chacel o Concha Espina, de las que no he leído nunca nada. Y no se han cortado en ir metiendo ya doctrina política por todas las unidades didácticas, cosas que nada tienen que ver con la gramática ni con la literatura.

No existe una mujer Quevedo, ni una mujer Larra, ni una mujer Lorca, ni una mujer Juan Ramón. Por más que las busquen, no las van a encontrar. Se supone que la mano machista y patriarcal les impidió escribir, pero resulta que Fray Luis escribió De los nombres de Cristo en la misma cárcel. Lo más que pueden hacer es inflar la fama de autoras menores, como es el caso ahora de Gloria Fuertes, y pretender echar el estigma sobre quien ponga en duda sus falacias.

A mí la buena de Gloria Fuertes me gustaba cuando era pequeño. Yo la veía en La cometa blanca, con seis o siete años, cuando recitaba sus poemas del Gato Garabato, el Camello Cojito o el Pobre Burro. Creo que los poemas de Gloria Fuertes fueron los primeros que yo conseguí entender.

Luego hubo una época en la que los de Martes y Trece, creo que injustamente, se dedicaron a reírse de ella. Y luego vino la época actual, en la que el feminismo controla todas las instituciones literarias y anda buscando grandes autoras arrinconadas por la historia, aunque se las tenga que inventar, y quieren ver en Gloria Fuertes a un Quevedo con coño y van dándole bombo, al tiempo que en el centenario de Cela se dedicaron nada más que a insultarlo.

Pienso que las mujeres pueden llegar a escribir bien, pero siempre siguiendo una tendencia que ya un hombre ha iniciado, sobre todo si les dan la plantilla completa de un subgénero. Pienso que hay ahora mismo autoras muy buenas, como Dolores Redondo, Care Santos o la ya citada Almudena Grandes, pero no iré a buscar en ellas las nuevas tendencias. Las mujeres en general no tienen la audacia de los hombres a la hora de romper con la tradición. Y el problema es que la historia de la literatura siempre recuerda al primero que hizo algo, no al que siguió la tendencia.

Parece también que tienen una limitación lingüística, hacen un uso del lenguaje más fácil pero menos profundo. Esto se ha estudiado científicamente y parece que en el hombre los lóbulos frontales (desarrollados al extremo para poder dar hostias a los otros machos) son más grandes, mientras que ellas tienen una mejor conexión entre los dos hemisferios. La "alta literatura", la literatura de estilo, la de Quevedo y Góngora, se hace con el cerebro masculino mejor que con el femenino. No habrá una mujer Cela ni una mujer Umbral, por más que las vayan buscando. Lo único que habrá serán mujeres asegurando que Cela y Umbral no valen nada y que Gloria Fuertes es lo mejor, pero eso muy pocos lo creerán.

Y otro problema que hay con las mujeres escritoras es que si son de derechas no las defiende nadie. La gente de derechas tiende a valorar más a los hombres, mientras que el feminismo de izquierdas, que levanta falsamente la bandera de toda "la mujer", ningunea a esas mujeres y quiere poner a cambio otras muy inferiores. Yo no sé por qué las mejores escritoras españolas, que para mí han sido Cecilia Böhl de Faber, Emilia Pardo Bazán y Rosalía de Castro, han sido de derechas. A estas mujeres se las recuerda y valora muy poco. El manual de Sansy antes citado pasó de puntillas por allí.

Cecilia Böhl de Faber fue la primera escritora realista de España, antes de Pereda, Galdós, Clarín, Valera, Palacio Valdés y los otros. Böhl de Faber firmaba como Fernán Caballero y sus lectores desconocían mayoritariamente que era una mujer. Su novela La gaviota significó un cambio en la novelística española y abrió el camino a los escritores más jóvenes. También fue una de las más vendidas de todo el siglo XIX. Creo que es el único caso de mujer que inicia tendencia en toda la literatura española.

Pardo Bazán fue la principal seguidora de Zola en España, y su novela Los pazos de Ulloa está por encima de ninguna de Galdós, en mi opinión. Cierto es que Zola se rió de que fuese naturalista y católica militante al mismo tiempo, pero ahí han quedado sus obras.

Rosalía de Castro, junto con Bécquer, adelanta la poesía del siglo XX, por su intimismo y por el uso de los símbolos.

Estas tres mujeres sufren el ninguneo del feminismo, que es mucho peor que el del machismo.

Y yo hace como diez años que dejé de leer libros de mujeres. Los últimos que compré, llevado por los ditirambos de los periódicos, fueron uno de Matilde Asensi y otro de la mega best seller Elisabeth Kostova, que había escrito un novelón imprescindible llamado La historiadora. No pude deglutir la celulosa de las veinte primeras páginas. En ambos casos encontré un estilo turbio, confuso y mediocre. Tiré los veintipico euros. Kostova parece que ya no ha escrito nada más, y todo lo que había era bluf. Yo ahí ya decidí que de mujeres no iba a comprar nada más.

He estado a punto de romper esta norma con Paulina Flores, que a todas luces, por los extractos y por sus recitales parece muy buena, pero, entre las decepciones ya sufridas y la idea de tener que comprarle un libro a la censora Marilyn Ramírez, lo he dejado estar.

En el siglo XX, si tuviese que destacar a una autora, sería sin duda Ana María Matute. Ella sí que tenía el cristal transparente, el control del tono y la imaginación. Tenía mucho de Baroja, de esa "poética de tono menor".

También podríamos hablar del reparto de dinero en premios y sillones de la RAE, que actualmente parece hacerse a base de cupos, pero no vale la pena. Incluso podríamos meternos en el hecho de que son mujeres feministas las que han heredado editoriales literarias fundadas por hombres, y el resultado previsible que eso va a tener. Pero no hace falta alargarse más. Cada lector debe ser capaz de crear sus propios filtros, que para eso está gastando su dinerillo, y no dejarse influir por periódicos, suplementos y programitas de TVE. El feminismo nunca se va a cansar de mentir, acusar, inventar falacias y sobre todo de pedir y pedir. No he visto ningún sindicato que se disuelva porque ya ha conseguido todo lo que pide. Sí que he visto, en cambio, empresas que han quebrado por haber dado demasiado a sindicatos. El feminismo es una especie de sindicato, una máquina de pedir, y los demás tenemos que empezar a decir basta y sobre todo defendernos con la verdad.

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"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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