3 de junio de 2018
Novela terminada
He terminado ya la novela que tenía entre manos y la estoy dejando enfriar unas semanas para comenzar a corregirla. Es posible que para agosto ya la tenga lista, pero me espero ya a la rentrée para ponerla en Amazon.

No es una novela tan larga como la otra, tiene 69.000 palabras, lo que dará unas 230 páginas. La empecé hace aproximadamente un año, con esquemas e ideas sueltas en un cuaderno. La redacción la empecé el 6 de julio y el archivo de Word tiene ahora 386 horas de edición. Esto da 179 palabras por hora, que es aproximadamente la mitad de lo que saqué con 2016 en Denia. Ha sido una novela que la he escrito despacio.

El tema no lo voy a adelantar, ni tampoco el título. No es una segunda parte de 2016 en Denia, aunque sigo usando la primera persona. Yo no creo que vuelva nunca más a escribir en tercera persona.

Si 2016 en Denia fue una novela de observación, ésta es una novela de invención. Yo creo que, en lugar de la división tradicional entre género narrativo, género lírico y género dramático, me interesa más una división entre una literatura de observación, una literatura de invención y una literatura de evocación.

Hace algunos años, le preguntaron en una entrevista a una escritora bastante mediocre de qué trataba su nueva novela negra, y ella respondió que tenía "un poco de todo". Yo ahí pensé: fallarás. Y falló. Porque una novela no puede ser una pizza en la que reciclas todas las sobras de tu nevera. El buen cocinero sabe que hay que elegir el sabor principal y trabajar sobre él. Por eso yo en este caso he elegido la invención total, como en el próximo libro me gustaría basarme en la evocación.

Pero que se haga una novela de observación o una novela de evocación no implica que se pueda meter un reportaje del Heraldo de Aragón. La fuerza del escritor es la imaginación, y sin ella las piezas quedan inconexas. El reportero no tiene el pulmón de un verdadero narrador, y cuando se le acaba la realidad tiene que parar. De ahí vienen las mezclas, las misceláneas y el escribir a cachos. Esto yo lo he intentado evitar.

También he intentado evitar la idea de Fernández Mallo: si la realidad es fragmentaria, hagamos una novela fragmentaria. No estoy de acuerdo con esto, mi orientación es hacia la comunicación. En el momento en el que un ser humano codifica un mensaje en modo verbal, ya está obligado a darle sentido antes de intentar transmitirlo a otro ser humano. Así ha funcionado el Homo Sapiens, y esto no lo va a cambiar un escritor. El intento tradicional de la vanguardia de que sea el lector quien dé sentido a los mensajes no puede funcionar.

El filósofo inglés Paul Grice sentó las bases de lo que hoy se llama la pragmática. Grice estableció que la comunicación se basa en el "principio de cooperación", en el interés que ambas partes, emisor y receptor, deben tener en ese proceso. Este principio se cumple, no sólo en todos los seres humanos, sino incluso en los animales. Ya sean novelas, ya sean silbidos de delfines o danzas de abejas, emisor y receptor siguen siempre estas cuatro máximas conversacionales:
  1. Máxima de cantidad: No se debe dar más ni menos información de la necesaria.

  2. Máxima de veracidad: No se debe afirmar algo que se crea que es falso o de lo que no se tengan pruebas suficientes.

  3. Máxima de relevancia: El mensaje debe tener una relevancia para el receptor.

  4. Máxima de modo: Evitar la oscuridad y la ambigüedad. Buscar la claridad y el orden.
Entonces, sólo con que los escritores actuales pudiesen cumplir estas máximas, digamos que tuviesen las habilidades comunicativas de una abeja, la gente leería más libros.

Una novela no es más que un mensaje, que tiene un emisor, un receptor, un código, un canal y un contexto. Ya el cambio de emisor a mitad de mensaje me parece un error. De hecho, para empezar me parece una mala idea el uso de diálogos, pienso que el que habla tiene que ser sólo uno. Y ese uno debe identificarse con el autor. Descreo de la separación entre autor y narrador, para mí es una ferralla decimonónica desfasada.

La novela del XXI debería surgir ex novo, como si la tradición no existiese. Hay una persona que se comunica con otra, nada más. Así empecé yo mi blog hace 18 años, una tábula rasa sobre la que no había precedentes. Éramos cuatro gatos, yo tuve el blog número 24 en español, y cada uno hizo lo que creyó mejor. Y así voy a escribir mis libros, no quiero ser un escritor del Antiguo Régimen.

Yo quiero ser un escritor aizkolari. Cuando era pequeño, en Barrio Sésamo, salían unos reportajes sobre los deportes vascos. Los de la piedra o el soga tira me parecían bien, pero los que me gustaban eran los aizkolaris. No llevaban, como ahora, cualquier pantalón de chándal o zapatillas Nike, llevaban unos pantalones blancos ajustados y unas alpargatitas también blancas con suela de esparto. Se ponían a dar hachazos y yo decía: "Estos tíos son cojonudos". El aizkolari se basa en la potencia, la precisión y la resistencia. El narrador, como yo lo entiendo, debe usar el lenguaje con potencia y precisión, no con estética ni elegancia, y debe tener resistencia para agotar el tema y no quedarse sin fuelle a mitad de camino, como haría un reportero. Habrá escritores dantzaris, orientados a la estética y la armonía. Habrá escritores chistularis, orientados a la agudeza y el arte de ingenio. Habrá escritores bertsolaris, orientados a la lírica. Yo soy un escritor aizkolari, orientado a un objetivo.

Para mí, el tío que mejor ha escrito en castellano es Fray Luis, no Quevedo. Hay una sobrevaloración en general del Barroco, cuando el estilo de Quevedo es algo ya putrefacto, casi ininteligible, mientras que Fray Luis es esencial y eterno, parece que escribió sus poesías ayer:
Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente.
Así es como escribió su elegía, un poco antes, Jorge Manrique, el mejor poeta de la Edad Media. Y así es como escriben también Houellebecq y Richard Ford, los mejores escritores vivos que conozco.

Porque, en realidad, siempre ha habido dos grandes tendencias en la literatura occidental, la homérica y la hesiódica. El Homero de los grandes mitos es un narrador profesional, con grandes recursos, vistoso y efectista. El Hesíodo de Los trabajos y los días es un narrador identificado con el autor, en primera persona, que trata temas banales en un lenguaje austero.

La autoficción viene de Hesíodo y del Arcipreste de Hita. Siempre ha existido y siempre existirá. Hay ahora muchos santones del Antiguo Régimen que critican la autoficción, o incluso que la achacan a una "contaminación" por parte de las redes sociales. La autoficción, si es honesta y esencial, perdurará durante siglos. Y la narración impostada y libresca, oscura y sesuda, desaparecerá.

19:26:32 ---------------------  

El País de Loix (Alberto Noguera)
El relato de mis vivencias en el Mundo Igualitario y la sociedad de los andróginos.
Comprar por 3,52€ en Amazon.


© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


Leer los archivos

Entradas destacadas:
Pepito Relámpago - Pepita Nuncabaja - Seis meses en meetic - Etapas de la burbuja