1 de diciembre de 2018
La era de la disrupción
Mi abuelo paterno fue un labrador más bien acomodado, que tenía una buena cantidad de tierras, dos casas dentro del pueblo y dos casas de campo. Yo no lo conocí a él pero sí a mi abuela, que vivía sola en su casa de la calle Príncipe de Pedreguer, frente al colmado de Anita, donde yo compraba los malvaviscos y las gominolas, y que ahora es una zapatería. La casa de mi abuela tenía en el suelo dos carriles de piedra para poder meter el carro abriendo el portón de madera. Tenía también un pozo en la cocina, que tapaba con unas tablas. Por una escalerita estrecha se subía a la primera planta, que era un espacio único en el que se acumulaban cañizos, lonas, guindillas colgando de unos hilos y periódicos antiguos. Se podía desde allí por una portezuela salir al terrado, desde el que se podía pasar, saltando la balaustrada, a las casas vecinas. La cocina de mi abuela era una simple repisa alicatada con un fregadero y una cocina de gas más bien portátil, con una goma que se enchufaba a la bombona que había debajo.

Mi padre, que comparativamente ha tenido un nivel económico inferior, construyó su casa a finales de los 70 en un antiguo solar propiedad de mi abuelo, a doscientos metros de la casa en la que nació. La casa de mis padres tiene una planta baja dedicada a cochera, una primera planta de vivienda con suelo embaldosado, gotelé por las paredes, cuarto de baño igual que los actuales, cocina integrada con horno y todo igual que ahora. También hizo una segunda planta y una azotea con dos terrazas.

Si yo tuviese ahora que construirme una casa, no distaría en apenas nada de la de mi padre, tendría las mismas comodidades, tal vez la puerta de la cochera fuese automática. Nada diferencia una casa actual recién construida de una casa de finales de los 70. Es posible que aíslen mejor la temperatura, tal vez.

Mi abuelo iba en carro, a veces en bicicleta o incluso a pelo sobre una mula. Nunca se sacó el carnet de conducir. El coche en el que a mí me llevaron del hospital en el que nací a mi casa era un Seat 850 de color verde, con el motor detrás y los faros redondos. Luego se compró mi padre un Seat 1430, un Ford Fiesta y finalmente un Ford Mondeo. Entre el Seat 1430 y mi Ford Focus sí hay algo de diferencia de velocidad, más comodidad y aire acondicionado, pero desde luego no la misma que entre la mula de mi abuelo y el Seat 850.

La ropa que yo llevaba de pequeño eran pantalones de pana, vaqueros Mayoral, zapatillas Adidas, o zapatones Segarra de suela gruesa, cazadora de aviador o un jersey de lana, frecuentemente tejido por mi madre. Para el invierno, me compraban unos chaquetones con capuchino y un montón de bolsillos y a veces unos guantes de imitación de piel para ir en la bici. Hoy, la ropa con la que los niños vienen al instituto son unos vaqueros sin marca y unas sudaderas de algodón de cinco euros con las que deben salir al patio tiritando.

Cuando nací, la comida en Pedreguer se vendía mediante unos pequeños colmados de conveniencia a los que se solía acudir casi cada día. A principios de los 80 me llevó mi madre al primer supermercado Mas y Mas, que había abierto en un oscuro callejón, y cogimos un carrito y caminamos por los pasillos, tomamos los productos para toda la semana y luego pagamos en la caja. Ese supermercado sigue hoy abierto.

Un sábado de primavera, por esa misma época, dijo mi padre que íbamos a ir a El Corte Inglés de Alicante a pasar el día comprando. Estuve con mi hermano recorriendo una planta tras otra y cargamos el maletero de jerseys, zapatillas, pantalones vaqueros y otras cosas que encontramos. Hoy no voy a ese mismo establecimiento porque lo considero demasiado caro para mi sueldo.

Cuando hice yo el BUP en el IES Historiador Chabàs de Dénia, llenábamos los alumnos toda la calle con una larga fila de ciclomotores aparcados. Yo llevaba mi Derbi FDS Savannah. Hoy, en el instituto en el que trabajo, de 500 alumnos apenas tres o cuatro tienen ciclomotor para acudir al centro, el resto viene caminando o en autobús. Hay uno que viene en un monopatín eléctrico y cuatro o cinco en bicicletas.

Digo esto porque yo, en esta época de tan grandes disrupciones, me acuerdo de Sor Citroen. Para una monja de finales de los 60, que te den un 2CV debería equivaler a que a mí me den un jet privado para saltar el Atlántico. Que gente con una cultura tradicional y rural pudiese desplazarse a voluntad de ciudad a ciudad era una disrupción. Que los trabajadores pudiesen comprar mucha más comida o ropa y con mayor variedad con un mismo sueldo era una disrupción. Que las viviendas de la clase media incorporasen comodidades o calidades antes reservadas a los ricos era una disrupción. Que me pite el móvil cada tres minutos no es una disrupción.

El último gran empuje económico que ha tenido Europa ha sido en los años 60 del siglo pasado, cuando se produjeron numerosos avances tecnológicos que realmente cambiaron para bien la vida de las personas. Desde el año 2000 a hoy nada ha cambiado, los coches tienen el mismo motor con la misma potencia, la ropa sólo ha empeorado su calidad, las viviendas son más pequeñas y las paredes son de pladur, la informática no ha progresado nada, del chat IRC se ha pasado al Wasap, de los estándares abiertos se ha pasado a la privatización, la continua manipulación y el comercio con los datos, la web en sí misma se ha deteriorado y ya no da información de una mínima calidad sino pequeños articulitos pagados a 5€ la pieza que sólo te hacen perder el tiempo y te golpean con anuncios intrusivos que intentan tomar tus datos, las películas han empeorado su calidad y yo ya no las veo. No creo que en los últimos cien años haya habido una época de tanto estancamiento. De 1900 a 1920 se produjeron más avances, y así sucesivamente hasta finales de los 80 cuando se produce el parón.

Ahora se fantasea con un supuesto coche que se conduce solo, como antes se decía que comeríamos con pastillas, iríamos a Marte o los coches volarían. Yo pensaba que después del Seat 1430 ya cogeríamos el coche volador. De hecho, salían de vez en cuando en las revistas unos tíos que decían ya tenerlos listos, eran una especie de overcraft con unos ventiladores que no sé ni si se tenían en pie. En la ceremonia de inauguración de Los Ángeles 1984 salió un tío que volaba con una mochila. Yo pensé que antes de cumplir los 20 tendría ya una mochilita de aquéllas.

El progreso se ha detenido, no va a haber disrupciones, sólo hay caraduras que usan apps para precarizar el empleo o hacer dumping desde paraísos fiscales. El software no puede ya mejorar la vida de las personas, y es falso que pueda conducir un coche, porque para circular junto con las personas debería pensar como una persona y eso no está en condiciones de hacerlo.

La disrupción que tiene que producirse es la casa modularizable e industrializada por una cuarta parte de su precio, o el coche eléctrico que gasta un euro cada cien kilómetros, o el tubo de vacío por el que te desplazas a dos mil por hora. Esto es posible que no lo veamos en nuestro tiempo de vida. Hay quien pone su confianza en China, pero el chino carece de la creatividad mediterránea, que es la única que ha movido el progreso. El chino copia y copia, pero cuando estén ya por delante, ¿a quién van a copiar?

Hay un discurso oficial que nos intenta hacer creer que estamos en una época de grandes cambios, como forma de tapar la evidente decadencia y depauperación de los trabajadores. Nada está cambiando ni lo va a hacer en el futuro próximo.

Recuerdo el día en el que cayó el Muro de Berlín. Yo había ido a cortarme el pelo y oía por la radio la inmensa alegría de los periodistas. ¡Qué gran día!

Desde ese momento, nos lo han ido quitando todo. Allí se construyó la falacia de que todo tiene que ser para la empresa, de que sólo el empresario sabe lo que hay que hacer, de que sólo por la parte progre puede la izquierda salvarse. Ha sido un ciclo de gran acumulación de capital en pocas manos. Y pienso que ese ciclo se está agotando.

19:53:50 ---------------------  

El País de Loix (Alberto Noguera)
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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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