29 de julio de 2020
La gestión de las gasolineras
Dentro de mi deterioro mental del confinamiento, me ha surgido una preocupación nueva. Estoy harto de los enchufamangueras. Cada vez los soporto menos. Cada vez que paro mi vehículo en una gasolinera, bajo, cojo la manguera y allí aparece él para quitármela de las manos como si fuese un niño pequeño, preguntarme lo que iba a poner, poner cara de pasmado cuando le digo que quiero el depósito lleno, poner el automático y marcharse. ¿Por qué tiene que venir a meterme la manguera por mi agujerito trasero? Es absolutamente asqueroso e incómodo.

Ya sé que hay gente que pide lo contrario, o que quiere que le llenen el depósito sin bajarse del coche.

Pues coño, que pongan en las gasolineras surtidores de autoservicio y surtidores atendidos, y que cobren la diferencia, por supuesto.

Fijaos en cómo los negocios decadentes lo primero que pierden es su honestidad. Hace veinte años, el empleado te echaba la gasolina y te cobraba en efectivo allí mismo. Luego empezaron a colocar productos de compra compulsiva con precios inflados dentro de la tienda, y te esperaba el muchacho allá al fondo, al final del pasillo de chocolatinas y bollería industrial. Luego pasaron a endosarte casi a la fuerza las tarjetas suyas, en las que tienes que firmar una especie de hipoteca para recibir un descuento de un 1% en el tercer depósito de cada mes y acumular puntos para recibir cada semestre un muñeco de un bazar chino.

-¿Tarjeta BP?
-No.
-Aquí tiene una, caballero.

-¿Tarjeta BP?
-Sí.
-Por supuesto, aquí la tiene.

Vamos a ver, hijos de puta: ¿cuál es la respuesta a esa pregunta para nos dejéis en paz ya? Creo que el único que lo arreglaría esto sería Fernando Fernán Gómez.

Una vez, volviendo de Torrevieja, me dio por comprarme un sánwich en una Repsol. Pido uno con una lonchita transparente de jamón de York y me empieza la señora a explicar packs de descuento: con Coca Cola sale más barato que con botella de Font Vella, y la bolsa de patatas fritas te la llevas gratis; pero si pides dos sánwiches te sale la Coca Cola de litro con un 50% de descuento y dos bolsitas de patatas fritas gratis; si pides la media barra con chorizo puedes elegir entre cinco refrescos gratis y te dan un boleto para la rifa de un casete de El Fari. Parecía Paramés, cuando decía que se compraba la Renault y la Nissan se la llevaba gratis. Al final, cometí el suicidio financiero de comprar sólo el sánwich y aparte pagar la botella de agua.

Pero faltaba la app, porque siempre tiene que haber una app. Han sacado Waylet, con la que ahorras y ahorras: unos centimitos por nuevo cliente, unos centimitos por cupones que te vamos dando, y unos centimitos por invitar a un amigo. Faltan unos centimitos por enchufar las mangueras de los otros clientes. Por supuesto, no hay forma en esa app de llenar el depósito ni pedir por litros, tienes que pedir por un fijo de euros, todo muy honesto. Podríamos también ir al supermercado a pedir diez euros de carne o cinco euros de pan.

Quitando esa app, que no me la he instalado, en alguna de las muchas gasolineras en las que he ido echando más de una vez me ha dado la sensación de que la cantidad que han echado no se corresponde con lo que allí marca. Aparte, diría que hay gasolinas "cortadas" como la farlopa, el coche pierde potencia y gasta un 20% más.

De modo que la solución es clara: no comprar un solo motor de combustión más y que no especule nadie con tu necesidad de acudir a un sitio concreto. Mientras no se invente el oficio de enchufacargadores o tenga que pasar por un circuito de comida basura, todo estará bien.

18:51:24 ---------------------  

El País de Loix (Alberto Noguera)
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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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